Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IV)


Capítulo IV

Acaricia el frío de la ventanilla, como si quisiera arrancar los pedacitos de escarcha atrapados entre los cristales. La humedad de sus dedos deja huellas sobre la superficie impoluta y transparente, y, aunque nadie la puede ver desde el otro lado del mar, escribe su nombre, como si fuera su última vez.

Yanet se entrega a su tristeza, a su soledad y a su miedo. Siempre fue una mujer valiente, pero después de tantos años, no esperaba tener que recomenzar de cero. En realidad, odiaba hasta esa misma expresión. Su vida había sido tan estable, tan común y tan… aburrida, que en ella no había espacio para la novedad, ni el desasosiego, ni la ilusión.

Lo peor era el arrepentimiento. Día tras día, se había levantado de la misma cama al lado de la misma persona, incapaz de atreverse a trastornar el equilibrio de su frágil existencia. Noche tras noche, se había ido a dormir en el exacto lugar, en el impermutable borde izquierdo del colchón, buscando la ternura extraviada en el abrazo del edredón.

Una década entera creyó ser feliz. Por supuesto, al principio cada atardecer traía consigo la sorpresa del rencuentro, la confianza de la intimidad paso a paso descubierta y compartida, los detalles y los cariños. Dejar atrás la inestabilidad de su propio pretérito por la luz prometedora de un futuro juntos, era suficiente razón para dar gracias al cielo y a las estrellas.

El matrimonio de sus padres jamás devino modelo de felicidad conyugal. Nunca separados, siempre discutiendo, habían perdido el respeto mutuo y habían hundido la pasión, si alguna vez la lograron. El pretexto de la niña les bastaba para justificar su pereza en encontrar una solución civilizada a sus problemas. Ella, en su espíritu infantil, se prometió encontrar su príncipe azul, y con él, la armonía perfecta del amor.

El sueño del caballero quedó relegado a las ensoñaciones que despertaba la lectura de sus novelas, porque la vida real pronto explotó todas sus burbujas. Decepción tras decepción, entendió que ningún hombre merecía cabalmente el corazón de una mujer, y que, si se proponía alcanzar la prosperidad con alguno, debía sacrificar ideales e idealizaciones.

Hallar a Daniel fue abrupto, inesperado. A los veinte años, estaba en la cima de su despreocupación, de sus diversiones desvergonzadas y de sus fiestas de madrugada completa. Nunca pensó que, con él, pasaría de un rato; luego, de una semana, de unos pocos meses…

Era un buen tipo. Se merecía su atención, primeramente, y después, lo mejor de sus sentimientos. Además, la amaba. Aunque nunca aprendió a demostrarlo en público, e incluso su trato delante de otros estaba lleno de órdenes ásperas e indelicadezas, ella podía comprenderlo y perdonarlo. Él sí venía de una familia unida, en apariencia, aunque el machismo del padre era altamente contagioso y la debilidad de la madre, que nunca lo enfrentó, la convertía en la perfecta sirvienta. Y, a pesar del cuadro desconsolador, Yanet vivía convencida de que él nunca llegaría a peores extremos.

Por complacerlo, se distanció de sus compañías, buenas o malas, y se centró en la nueva relación. La etapa del noviazgo, con todas sus dulzuras y cursilerías, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Por facilidad, y hasta por la seguridad de ser uno para el otro, consintió en vivir juntos. Renunciando a las comodidades de su propio techo, al calor de su familia y a la cercanía de sus amistades, se mudó a la casa de Daniel o, mejor dicho, a la de sus padres. La paz en su interior le aconsejaba que ese era el camino correcto.

El recibimiento fue, en apariencia, cordial, y en el fondo, afectado e hipócrita. La vergüenza le atizaba las orejas y solo anhelaba esconderse dentro de sus propias maletas, hasta que dejaran de mirarla. Hubiera duplicado su valor si él hubiese permanecido a su lado, si hubiese defendido su deseo o su derecho de que ella habitara allí, en vez de dejar su moral a las suspicaces conclusiones de sus parientes políticos; mas, nunca estaba en los momentos importantes.

Esa falta de lealtad, de apoyo incondicional a sus causas más tontas y a las más nobles; la burla a sus metas profesionales hasta desestimar el ejercicio de su carrera; y la subvaloración de su inteligencia e instintos, la descorazonaban hasta la depresión.

Había otras cosas que tampoco le gustaban: tardaba meses en cortarse las uñas de manos; en la casa solo servía para ensuciar, desordenar y romper, y no conservaba el mínimo respeto por los objetos de su pareja. Pero, ¿quién es perfecto? Ella misma, no encontraría jamás otro hombre que tolerara sus nerviosismos, su poco arte en la cocina o las hebras de su pelo rubio regadas por el piso del cuarto. Así que se sintió satisfecha e, incluso, orgullosa de haber encontrado a tiempo al hombre de su vida.

Justo cuando los momentos de miseria superaban en frecuencia e intensidad a los de alegría, recibió la más anhelada sorpresa de su vida. Aunque los médicos no lograban identificar el sexo en los ultrasonidos, ella había elegido el nombre de Melissa. Daniel la inscribió con una sola “s”, pero, hasta eso era capaz de perdonarle dentro de la inmensa alegría de sostener a su bebé entre los brazos.

Yanet descubrió la verdad del amor sincero en la mirada límpida de su pequeña. No se le escapó una sonrisa, un apretón de manos, un pasito de su minúsculo cuerpo. Obvió las llegadas tardes del padre y las justificó ciegamente con su decadente carrera de pelotero. Subsanó la distancia entre los dos con los juegos inocentes de su criatura. Ignoró las llamadas telefónicas a altas horas, cubriéndolas con su preocupación por el desvelo de su hija.

Si alguien quiso darle una señal, ella prefirió no ver ni escuchar. En realidad, entendía que, si ella podía ser tan feliz, él también. Melissa, alegre y cariñosa, era una bendición; al menos, así debía ser por lógica natural. Su niña constituía un milagro y su mayor logro, por encima de superar el enrollamiento en el cuello del cordón umbilical, las crisis de gastroenteritis y las complicaciones del sobrepeso infantil, debía ser mantener unidos a sus padres.

Por eso se sorprendió la noche en que esperó a Daniel, en vano. Nunca los entrenamientos se habían extendido tanto como para que él no llegara a casa. Su teléfono estaba apagado. La imaginación le sugirió varias explicaciones, pero ella no las atendió. De hecho, sentía una especie de alivio inexplicable, solo frenado por el temor a las preguntas de Melissa.

A la mañana siguiente, recogió unas pocas prendas y preparó las maletas de ella y su hija. “Vamos a visitar a abuela mami”. Nunca más supo de él.

Miró a su izquierda y acarició los bucles dorados de su pequeña, dormida sobre su regazo como una princesa en su trono. La arropó con la manta gris, marcada con la insignia de la aerolínea, y le susurró: “tampoco lo necesitamos”.

En realidad, después que nació Melissa, Yanet no requería a Daniel para su felicidad. Luego de que se marchó, ocupó su lugar fácilmente con todo el amor de madre que desbordaba su corazón. Si se fue con otra, si se marchó por cansancio, si alguna vez regresó al hogar de sus padres, no eran preguntas que frecuentaran su mente. Y como nunca se dignó a procurar un espacio en la ternura de su hija, como tampoco intentó que los abuelos paternos se acercaran a la nieta, ella ni se molestaba en hablarle a su pequeña de aquellos tres seres que tan rápidamente habían elegido quedar en el pasado.

Ahora su preocupación radicaba en sus dificultades económicas. Con la pérdida de sus padres, había desaparecido su sostén financiero, y una madre soltera, en un país tercermundista, no la pasa bien. Su tía gallega la había invitado a España. Le ayudaría con los gastos del pasaje y los primeros meses, pero no mucho más que eso. En cuestiones de dinero, la sangre se diluye en agua.

La mitad de su desasosiego nacía de la incertidumbre de su paradero y trabajo en la península. La otra mitad, de un plan desesperado que había urdido, tras tropezarse con una página web de una cadena de televisión española, mientras buscaba en internet “cómo hacerse millonario en España”. Hablaba de un concurso para enamorar a un hombre, un hombre rico, que quería una mujer con una niña.

Esa era ella. Tenía que ser. ¿Enamorar a un hombre? ¿A estas alturas? Su locura y su cordura se daban cabezazos dentro de su mente, de la misma forma que Yanet deseaba hacerlo contra el cristal de la ventanilla. ¡Empezar de nuevo, después de haber perdido tanto tiempo con un hombre, cuando ya había dicho adiós a toda montaña rusa de emociones!

La tentación del dinero fácil la había convencido de apuntarse. Llamaría a su tía para asegurarle su feliz arribo, y de inmediato partiría hacia los estudios de grabación. Habría eliminatorias primero, pero no supondrían ningún problema para ella. Yanet seguía siendo una mujer valiente.

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A Non-Comprehensive List Of Things I Do Instead Of Texting You – http://thoughtcatalog.com/kendra-syrdal/2017/03/a-non-comprehensive-list-of-things-i-do-instead-of-texting-you/

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Aplauden proyecto de ley para levantar bloqueo de EE.UU. a Cuba – http://wp.me/pSeO2-9la

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Serie Curvas Peligrosas (Capítulo III)


Capítulo III

http://www.canal.es/concursos

MILLONARIO BUSCA HIJA

Si quieres encontrar el amor verdadero; si eres de las madres que antepone la felicidad de su hija a la propia; si eres valiente, atrevida y romántica, ¡apúntate en la primera edición de MILLONARIO BUSCA HIJA!

Esteban Sauvigner, empresario, creador, visionario; innovador y renovador de la industria automotriz en nuestro país; uno de los principales generadores de empleo y riquezas para nuestra región en las últimas décadas, busca a su pareja ideal. Pero no quiere solo una esposa: él es un hombre de paquete completo.

“Siempre soñé ser padre de una niña, pero la naturaleza me dijo que no. ¡Ahora este canal me dice que sí! ¿Qué tipo de mujer deseo encontrar en este show? Guapa, de buena figura, trabajadora, tranquila, inteligente y, sobre todo, buena madre. Estoy seguro de que una de las concursantes me cautivará. Las espero, chicas”.

Requisitos del concurso MILLONARIO BUSCA HIJA:

  1. Ser madre soltera.
  2. Tener una única hija, menor de 15 años.
  3. Buena presencia física: entre 18 y 45 años de edad, estatura mayor de 1,65 metros y peso inferior a 80 kilogramos.
  4. NO ser una figura mediática ni haber participado antes en ningún otro programa de televisión con similar formato.
  5. Disponibilidad total durante el periodo de filmación, marcado para el segundo semestre del presente año.

 

El incumplimiento de cualquiera de estas bases será motivo suficiente para el rechazo de las aspirantes. La veracidad de las mismas será comprobada en cada caso mediante los documentos pertinentes y atestiguado con una declaración jurada y firmada. La falsificación de cualquier dato relativo a dichas bases resultará en la inmediata eliminación de la concursante, sin derecho a reclamaciones.

La inscripción en el concurso implica la total aceptación de sus requisitos legales. Una vez iniciado el rodaje, la participante se compromete a no abandonar la competencia y a responder activamente a cada disposición del director y sus subordinados directos. La productora no se compromete a otorgar una remuneración económica ni a resarcir pérdidas financieras generadas por el tiempo de participación en el concurso.

 

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Serie CURVAS PELIGROSAS (Capítulo II)


Capítulo II

“¿Quieres encontrar el amor?  ¿Crees que estás lista para enamorarte en esta aventura?” la banalidad que destilaba el anuncio en la tele le provocó una sonrisa espontánea. Al menos, lograba reír después de un día tan largo.

Su jefe, herido en su orgullo por los continuos rechazos a sus insinuaciones lascivas, la había cargado con trabajo extra, a sabiendas de que tendría que terminarlo en casa. Por si fuera poco, al término de cuatro pisos de escaleras, cuando logró liberar dos dedos de entre las jabas de la compra y el portafolio cargado de papeles para abrir la puerta, encontró el reguero colosal – y habitual – en su pequeño apartamento.

Aún estaba recogiendo los juguetes de Marian. Y las partes de estos. Porque su niña carecía de compasión por el prójimo: destripaba las muñecas de trapo y arrancaba los brazos a los soldados de plástico. Si tuviera tres años, Lily podía culpar a una crisis de personalidad, o quizás, a un juego de roles. Pero el afán de destrucción de su hija no provenía de la curiosidad o la ingenuidad infantil; por el contrario, en su rostro se dibujaba el placer del daño y el desahogo de su rabia interior.

Aunque nunca se hubiese licenciado en Psicología, con su solo instinto maternal hubiera podido entender su parte de culpa en el carácter de su único retoño. Estaba segura de que cualquier infante, sometido a similar situación, reaccionaría igual. Bajo esta premisa, le permitía hechos y deshechos. La exclusiva posibilidad de disciplina recaía en sus manos, pero no lo consideraba necesario. Bastante había sufrido ya, la pobrecita.

Su concepción fue resultado de un amor adolescente y fugaz. Por supuesto, el padre reaccionó con mayor pánico y negación que ella misma, la que sufriría la metamorfosis en el cuerpo propio. Nunca más supo de él. A pesar de la decepción que causó en su familia, de fe cristiana, no le permitieron abortar. Sería madre soltera, mas no asesina.

Con su bebé en brazos matriculó la carrera de Enfermería. Sus padres la ayudarían con la economía, así que el miedo al desamparo no la frenaría en la educación de su pequeña. Sin embargo, su corazón de joven, romántico y testarudo como siempre había sido, estaba sediento de amor, de otro tipo de amor.

Una mañana de noviembre, recién comenzado el curso, su clase fue convocada para un estudio masivo de población. Trabajarían de conjunto con un grupo de preparatoria para Psicología General, en base a los conocimientos sociológicos comunes.

Lily se consideraba de inteligencia promedio, pero las encuestas elaboradas por los muchachitos de aquel colectivo excedían su entendimiento. Aplicarlas ya suponía un problema, por no calcular los riesgos de error en una tabulación tan compleja. Su orgullo le impedía rogar por ayuda; eso sería denigrante para una mujer que supo traer una hija al mundo completamente sola, o casi.

Llegó el momento de conformar las parejas de trabajo. Uno de cada grupo, propiciando la cooperación, habían sugerido los profes. El cuestionario dejó de ser su objeto de interés y levantó la vista con curiosidad. Ni siquiera se había fijado antes en aquellos jóvenes. Pero uno de ellos sí la había notado a ella.

Fingiendo una inocente intención de asistencia, Andrés le pidió ser su compañero. La delicadeza de su solicitud la hizo sentirse en un baile de la corte española de un par de siglos atrás, y solo faltaban las respectivas reverencias. Pero no se atrevería a reírse de él. De hecho, despertó en su corazón una pronta admiración que dilató sus pupilas y aceleró su respiración.

¡Qué tipazo! Trigueño, 1.90 metros, ojos oscuros y sonrisa arrolladora. Además, inteligente, elegante en el vestir, adinerado, bromista, conversador… evidentemente, el líder del grupo. Que alguien así la destacara con sus atenciones, le placía bastante. Se sabía la envidia de algunas, aunque en realidad, aún no había formado en su propia clase los vínculos de amistad que estimulan la compasión por el dolor ajeno. En otras palabras, que poco le importaba.

De aquella investigación ni siquiera recuerda los resultados, pero sí lo que de ella surgió. En una semana, ya eran novios, y en dos, Lily había abandonado sus estudios de Enfermería por los de su enamorado, incorporándose a una especialidad que solo le había impresionado por ser la de Andrés.

Él se convirtió en su maestro y su amor. Durante cuatro años de estudio, compartieron libros y cama, sexo y teorías, tareas de clases y del hogar. Era un hombre dominante, mas ella se sentía feliz a su sombra. Adoraba plancharle sus camisas tanto como a su propia figura. Con él no le faltaba nada, y menos a su niña.

Marian sintió en los brazos de Andrés el calor de un padre, la condescendencia de una madre y la ternura de un hermano mayor. Jamás se atrevió a disciplinarla, y en esto los abuelos incidieron con fuerza: la educación de su nieta no podía estar en manos de un extraño. Ellos, por su parte, se desvivían en mimos y regalos para garantizar su atención. Lily estaba en el medio de la tensa cuerda, y quería dar la razón a los dos extremos por igual. Mientras, su hija crecía en la mayor malcriadez e indolencia.

Una excelente oportunidad de trabajo impulsó a Andrés a buscar apartamento al otro extremo del mapa. Por supuesto, Lily y Marian vendrían con él. Crearían una familia los tres, y quizás, si la economía hogareña crecía, serían cuatro. El colmo de la felicidad solo fue lacerado por el espanto de Antonio y María, que se negaron rotundamente a aceptar que su hija y su nieta se mudaran tan lejos. Solo con la promesa de un pronto casamiento para anular el pecado – tantas veces concebido – las vieron partir.

Fue la mejor época de su vida. Junto a los dos seres que más amaba, su ilusión tejió planes y marcó fechas en el calendario. En el trabajo, él era cada vez más exitoso, ella mejoraba como ama de casa y su hija parecía finalmente resignarse al cambio de vecindad. Porque, aunque nunca tuvo muchas amiguitas que extrañar en el barrio, la lejanía de sus abuelos la abatía terriblemente.

Cada vez que perdía algo – desde una golosina hasta una muñeca – reaccionaba con emociones coléricas. Según sus cálculos de psicólogos, esta era la más normal respuesta ante un entorno agresivo, cambiante, en el que debía aferrarse a elementos materiales para establecer su propio y frágil equilibrio. Además, su temor a la pérdida resultaba una lógica consecuencia directa de la certeza de que su padre biológico nunca la quiso. En conclusión, los berrinches de la niña les provocaban lástima.

Ni un intento de mano fuerte trascendió. Tan solo levantarle la voz provocaba en ella llantos irreprimibles que únicamente paraban con algún obsequio. Probaron varias técnicas, hasta que la ignorancia de su sufrimiento demostró ser el remedio a sus quejas. Así, habían conseguido que se apaciguara, y formulaban esperanzas en cuanto a un mejor desempeño escolar.

Pero esas expectativas se esfumaron no bien transcurrió el primer año de convivencia. El excelente desempeño de Andrés despertó las ambiciones de sus superiores, quienes lo eligieron para abrir una nueva sucursal de la firma, en América. Con doce meses de trabajo constante bastaría para asegurar el local, formar a los directivos y asegurar unos cuantos clientes substanciales que garantizarían el presupuesto de los siguientes cinco años. Una bicoca para un hombre como él.

Aunque la pareja jamás dudó sobre la estabilidad y firmeza de su amor, sí les preocupó con la noticia el retraso de todos sus designios. Además, a ello se unió el temor sobre el bienestar emocional de la niña. Pero un año pasaría pronto.

Un día resolvió visitarlo. Si fue la mejor o la peor decisión de su vida, aun no lo puede decir, pero en una noche lo pensó y a la mañana siguiente estaba empacando su ropa. Su vecina cuidaría a Marian y le daría una vuelta al piso. Sus padres le prestarían el dinero del pasaje. Todo estaba determinado.

De allí volvió vacía. Lo había visto, feliz, admirado, en la cúspide de su ejercicio profesional, disfrutando de las bellezas del paisaje… y del sabor latino de otras pieles. No amaba a ninguna, eso sí le creyó; tampoco era una certeza reconfortante. Él intentaba explicarle, pero en ningún momento hubo arrepentimiento, solo justificaciones machistas sobre la distancia y la soledad.

En el avión de regreso, su corazón estrujado apartó las preguntas, las dudas, el miedo, la contrición y hasta el odio. Cerró el capítulo y con él, el libro mismo. Los hombres no le habían asentado bien, como una cena en descomposición. Realmente, eran material putrefacto. Nadie más que Marian merecía su completa atención.

“Él no busca solo una esposa: quiere una familia. ¿Quién será la afortunada que encantará su corazón? No te engañes, es el amor que toca a tu puerta: tu segunda oportunidad para amar.” El spot volvía a colarse en las transmisiones.

“Tu segunda oportunidad para amar”, repitió Lily. Se sentó en el sofá manchado de leche y chocolate, haciendo hueco entre pedazos de muñecas y libros escolares. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, mientras la rueda de comerciales de cremas, cereales, lavadoras y concursos de cocina comenzaba otra vez, llenando el silencio de su cansancio.

Quizás había pasado demasiado tiempo sola. La ilusión del romance podría devolverle la alegría. El dinerito extra no le vendría nada mal. Por lo menos, le pagarían mucho más que en su trabajo, con la adición de que no vería a su jefe acosador en dos o tres meses. Marian siempre quiso actuar en televisión, y a ella misma no le disgustaban las cámaras. Sería divertido. ¿Por qué no?

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Serie CURVAS PELIGROSAS (Capítulo I)


Capítulo I

“Y ahora una triste noticia para los seguidores de un exitoso reality show que a todos nos ha cautivado el corazón – la locutora forzó sus facciones hacia la tristeza, como si le importara –. Sí, amigos, el protagonista de Millonario busca hija, el concurso que transmite nuestra casa productora, acaba de fallecer en su habitación privada del hospital, tras una semana en estado crítico.”

El teleprompter marcó (imagen/audio) y la presentadora respiró profundo. Varias veces le había insistido al guionista que no redactara párrafos tan largos… la hacían quedar en ridículo. Y tampoco entendía por qué insistían en la historia de aquel señor, que solo era famoso por prestarse para una farsa televisiva. ¡Si ella misma hubiese sido periodista! De seguro, el noticiario traería investigaciones, reportajes, crónicas…

La seña del coordinador le devolvió la alerta. “Nuestro colectivo se suma a las condolencias de los familiares y, por supuesto, de las candidatas que aspiraban a su amor.” Las letras en la pantallita le indicaban que hiciera algún comentario vago sobre el accidente. Esta era su oportunidad.

“Realmente trágico. Incluso, sospechoso. Sus allegados afirman que don Esteban nunca bebía, no se medicaba con ningún estupefaciente y mucho menos consumía sustancias químicas. Prescindía de chofer porque manejaba excelentemente, desde la adolescencia. No tenía en su aval ni siquiera una multa por mal parqueo.

“Además, el coche que conducía la noche de la catástrofe, era uno de los últimos modelos en su marca, confeccionado a su gusto por encargo, y equipado con excelente tecnología de respuesta antichoque. Él mismo lo revisaba meticulosamente, y no dudaremos de las habilidades técnicas del ‘rey de las cuatro ruedas’, que recordemos que fundó su imperio sobre sus innovaciones en la mecánica automotriz.

“Por tanto, no es extraño que circulen rumores acerca de atentados, secuestros fallidos y amenazas llevadas al extremo. Aunque su equipo de seguridad personal protegía su casa, familia y bienes, las propias circunstancias de convertir el hogar en un estudio gigante de televisión trajo consecuencias.

“La entrada de decenas de personas del colectivo de trabajo: jefes, técnicos, fotógrafos, maquillistas, vestuaristas, etcétera, más los curiosos que merodeaban los jardines, abría la brecha para la introducción de cualquier asesino. Tan solo llegar al garaje, trocear algún cable, o…”

Se dio cuenta de que el micrófono no estaba grabando.

El director, en cuanto imaginó que la culpa caería de forma indirecta en la productora, sintió temblar su salario y mandó a su subordinado a transmitir el próximo titular. Luego, deportes, meteorología, culturales y a rodar despedida. Espiró aliviado. Todo iría bien. ¿Para qué se habrá hecho la valiente? Ella no saldría más en cámara, ni en ese canal ni en ningún otro. Darían una justificación entusiasta a su ausencia, pondrían otra cara bonita en su lugar, y pronto todo el país la olvidaría. No como a don Esteban.

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Ámame como soy, o al menos…


Detesto las cursilerías. Desde niña. Y si algo es demasiado ridículo, como este mismo texto, se me erizan los vellos de los brazos, de las piernas o de la mejilla derecha. No sé si a alguien más le sucede lo mismo, pero a mí, me gana la vergüenza ajena.
Tampoco me gusta la exaltación excesiva de sentimientos, personas o personajes. La vida me ha enseñado que nadie merece la admiración absoluta, aunque sí el cariño. Mas cuando escucho o leo una sarta de epítetos, merecidos o no, cierro la tapa del libro o de la laptop y me largo a fregar trastes.
La verdad, la verdad, no soy lo bastante romántica como para escribir sin parar acerca del metadato más buscado en la red: amor. Pienso y rebusco las palabras, intento aunar todas las fuerzas de mi elocuencia y mis habilidades periodísticas, pero ni modo. Ya no soy una adolescente enamorada.
La vida te va volviendo pesimista en cierto modo. Esa energía pasional de los 10+ años, va quedando atrás cuando se acercan los “ta”. Encima de todo, el propio desarrollo de la historia universal y personal, me anda carcomiendo la fe en la humanidad y en el prójimo más cercano.
Sin embargo, hoy rebusco en mi alma para escribir una crónica romántica. Si, como te confesé, odio las afectaciones, me venció el asco que me han provocado en estos días las noticias sobre agresiones de hermano a hermano; los pronunciamientos racistas y xenófobos; y el egoísmo dilatado del propio sistema imperante.
Ahora me acuerdo de aquel estribillo de Red Hot Chili Peppers, “Where is the love?” En la oscuridad de las discotecas, el público coreó durante años los versos, pero no creo que ni los dj ni los jóvenes que chapurreaban las palabras en inglés, acogieran todo el calor de aquella indagación.
Y yo la repito: ¿dónde está el amor? Parece que se ha quedado en las postalitas doradas de felicitación por el 14 de Febrero. Y ni siquiera me interesa hablar – o escribir- del que se siente hacia la pareja. Ese viene y va, arrastrado por las cadenas del deseo carnal, y bendecido por el tiempo cuando las carnes mismas dejan atrás la belleza.
Tampoco cuestiono el amor familiar. La madre, el padre, los hijos -y aquí incluyo a los amigos, la “familia elegida”- son los cariños más nobles y verdaderos, aunque igualmente posible víctima de traiciones y vejaciones, en los peores y tristes casos.
Mas insisto, el que me parece más en peligro de extinción es el que debería ser más general e innato: el amor a nuestra propia especie. Vivimos en un mundo que destruimos todos los días, trabajamos con personas a las que humillamos y maltratamos con acciones y palabras…
Esa actitud solo me inspira lástima. Quien esté vacío, merece que le llenemos de amor. Entonces, este 14 de Febrero, encendamos una vela tú y yo, para convocar a los tristes, a los desesperanzados y a los que solo ven gris; una vela para el amor a nosotros mismos.