Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo X)


Capítulo X

El círculo de venganza estaba completo.

Veinte años de prisión apenas eran suficientes para pagar la maldad de un corazón ponzoñoso. Aunque, en verdad, ¿a quién se le podía ocurrir que a una mente tan estúpida como la de alguien que se hace llamar en sus redes sociales “Sweet Annie”, conciba exitosamente un asesinato así?

Necesitaban un chivo expiatorio; esa era la única explicación para aceptar tal disparate. Que, por cierto, estuvo a punto de arruinarse, cuando a su madre se le ocurrió que iba a confesar toda la verdad.

“Mami”, le había dicho con esa voz suave y tierna que encubría su odio agazapado, “¿cómo crees que reaccionarán? Estoy segura de que ni siquiera leíste el contrato del concurso. ¡Las letras pequeñas, mami! Si traicionas a don Esteban de cualquier manera: con otro hombre o mujer, revelando los secretos de su casa o deshonrando su nombre, serás llevada a juicio y encarcelada según la pena que se te aplique.

“¡Piensas que les puedes decir a todos, al mundo entero, que mientras don Esteban se dirigía a una muerte segura, tú te revolcabas con el chico de los mandados en una de sus habitaciones! Es mejor que guardes ese secreto, mami. De la sentencia que te den, que de por sí no debe ser grande – tendrán en cuenta tu género, tu belleza, tu edad – saldrás pronto por buen comportamiento, y lo otro no manchará tu reputación”.

Ana había obedecido como un corderito. Con los labios sellados y la mirada baja, había caminado desde el estrado hasta la prisión, y Fanny la había visto desaparecer de su vida.

Ahora que su plan había resultado, debía hacer un balance de las consecuencias. Su madre estaba fuera del camino, pero había tenido que eliminar peones durante el juego.

De hecho, se había encariñado un poco con el viejo don Esteban. Desde que las candidatas llegaron a su casa, él intentó concentrarse en conocerlas, pero la coquetería inocente de Fanny lo perturbaba hasta en sueños.

Para ella, colarse en su cama fue más fácil que robar su corazón, pues la conciencia del hombre de honor le impedía mirar de aquella forma a una jovencita. Mas una vez que se dejó llevar, ¡ay!, fue suficiente para que el río desbordado lo arrastrara.

Acostumbrada a tratar con adultos mayores, Fanny sabía exactamente la proporción entre placer y amor que debía ofrecerle. Y, aun así, se le presentó como la más pura de las muchachas. Una flor como esa no encontraba puertas cerradas. Las escapadas en el auto, las cenas románticas en hoteles al otro lado de la ciudad, las visitas a la alcoba principal en la madrugada, se hicieron deliciosas, al menos, a una de las partes.

Él creía enseñarle los placeres profundos de la vida; ella, lo educaba en la modernidad. Le llenaba el celular de aplicaciones para Internet e incluso, introdujo un software en el carro para controlarlo a gran distancia. “De esta forma, siempre sabré dónde estás y qué haces”. Esteban lo atribuyó a un juego de niña celosa.

Fanny siempre salía a correr por la pista alrededor de la finca con el teléfono en la mano, para medir su tiempo. Aquella tarde, pasó varias veces por delante de cada cámara de seguridad que rodeaba el perímetro, y saludó al guardia de la verja de entrada en dos ocasiones, antes de adentrarse en el bosque sur de los terrenos.

Envió una señal desde su móvil, desinstaló un programa y, quince segundos más tarde, el coche de don Esteban se volcaba barranco abajo. Con la cara sudorosa por el esfuerzo físico, regresó a su habitación a tomar un baño. Dos horas más tarde, rompía a llorar por la triste noticia de que había perdido a su futuro padrastro.

La investigación ni siquiera la tocó. Nadie sospechó de ella. Al contrario, la abrumaba la compasión por tener una madre asesina; por quedarse sola y desamparada en el mundo; por quedarse traumatizada ante acontecimientos tan atroces. La televisión quiso convertirla en una estrella del dolor, pero su juicio le aconsejó desviar toda atención de ella.

Durante las semanas de filmación, mientras el romance crecía, don Esteban había inflado con miles su cuenta bancaria. Ella había mostrado interés en aprender a invertir en la bolsa, y como estaba legalmente emancipada, él comenzó un negocio en su nombre. Si sabía mantenerlo, le proveería capital fresco, al tiempo que podía iniciarse en mundos más ambiciosos.

Antes de cumplir dieciséis, Fanny tenía su vida resuelta. “Después dicen que los reality shows no sirven para nada”. Por el resto de su existencia, solo su conciencia se interpondría entre ella y la verdadera felicidad.

Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IX)


Capítulo IX

El capitán Ruiz de la guardia civil esperó toda su vida por un caso como este. La muerte de un magnate siempre genera expectación, sorpresa y comentarios morbosos, pero un hombre como don Esteban le iba a garantizar su jubilación. La popularidad en ascenso que le proporcionó el concurso MILLONARIO BUSCA HIJA –que para Ruiz era el colmo de la estupidez- bien podía ser la causa de su propia desgracia.

“Y es que si ya eres una persona con suerte –pensaba don Esteban- ¿para qué lo compartes con el mundo? La envidia es más fuerte que el amor, como decía su padre. Quien no tiene nada, o tiene menos que otros, se siente inferior. De ahí a encontrar la forma de destruir al prójimo es solo un peldaño en la escalera del infierno.”

Las principales sospechosas, sin embargo, eran las famosas candidatas del concurso. Cuatro mujeres desconocidas, de un origen supuestamente investigado por los productores, que habían llegado a la finca del difunto a cortejarlo. “¡En mis tiempos, eran los hombres los que enamoraban!”

Aunque también podía haberlo matado cualquiera de su servidumbre. Pero no… todos eran de confianza. ¿Y cuál de sus guardias personales habría permitido que se acercaran a su automóvil? No, no, no…

Las mujeres sí eran capaces de alta traición. Mucho antes de su divorcio, ya había descifrado la mente pérfida de las féminas. Su mujer lo había dejado casi en la ruina, sin hijos en cuyo amor refugiarse y reducido al apartamento de soltera de su madre.

A veces temía que su ansiedad por hallar culpable a cualquier mujer dentro de sus casos era una respuesta vengativa de su subconsciente a las penurias de su vida. Pero esta vez consistía en algo más. Lo sentía en sus entrañas.

De aquellas concursantes, tres tenían coartadas. Esa tarde, Lilianne Cortázar había llevado a Marian a ver al psicólogo; Yanet Pérez y Caridad Gómez estaban de viaje; pero Ana Morales no lograba armar una historia coherente que justificara su tiempo entre las 4:00 pm – hora en que llegó don Esteban con su vehículo, en perfecto estado – y las 8:30 pm, cuando él abandonó la casa para no volver jamás.

De las cuatro, podía estar tranquilo respecto a Yanet y Caridad. Aunque su eliminación del concurso les proporcionaba el motivo para la sangrienta venganza, una sencilla investigación a través de las cámaras de seguridad de las estaciones del metro bastó para justificarlas.

La primera se había embarcado desde el mediodía con la pequeña Melissa en dirección a casa de su tía; la segunda, viajaba con Elizabeth de retorno a su casa en el tren de alta velocidad sobre ese mismo período. Habían llegado a la hora prevista a sus respectivos destinos, tenían testigos que lo afirmaran, y se mostraron sorprendidas ante la noticia del accidente. Las autoridades las tenían confinadas en los domicilios de residencia, y aunque su olfato le aseguraba que las dejara tranquila, no podía liberarlas de la vigilia policial hasta no hallar un culpable.

Lilianne le inspiraba menos confianza. Don Esteban la había invitado a continuar en la segunda etapa del programa, a condición de que sometiera a su hija a tratamiento psicológico. Se lo había dicho como una solicitud, como una sugerencia, pero era una condición irrevocable para su permanencia en el show. Ella no lo había asimilado bien.

Escogió como médico a un ex compañero de clases, lo que despertó las inmediatas sospechas del capitán Ruiz. No pudo probar que entre ella y el reconocido galeno existiera algo más que una amistad profesional, y aun así no se quedó convencido. Mandó a comprobar todos los horarios de las citas previas en el gabinete de la clínica y a verificar los compuestos químicos que le había recetado a Marian.

Su primera teoría se fundamentó en que el doctor Linares podía haber falsificado los registros de la consulta para encubrirla aquella tarde; la segunda, en un posible envenenamiento que haya conducido a la pérdida del control del coche, ya fuera por alucinación, ceguera o inconsciencia de don Esteban, y por tanto al accidente.

Pero no pudo probar ni una ni otra. Ambas habían estado donde decían, durante el tiempo que decían. Solo logró retenerlas, como a las otras, en su hogar. A la segunda semana de investigaciones, el círculo de posibilidades se cerraba, pero aun no lograba armar el “muñeco”.

Sus compañeros parecían estar de acuerdo en que Ana Morales tenía cara de culpable. El hecho de no poder explicar qué fue de su vida aquella tarde; lo nerviosa que estaba, y cómo trataba de evadir a los interrogadores con coquetería o falsos desmayos, según conviniera, constituían claros indicios de que ocultaba más de un secreto.

La prensa exprimía a policía y trabajadores del concurso en busca de detalles escandalosos, así que los productores le acosaban por teléfono día y noche. Para ellos, cada minuto de oscuridad significaba miles en pérdidas de publicidad y prestigio. Aunque el departamento de homicidios no estaba obligado a dar explicaciones a periodistas ni curiosos sobre caso en proceso alguno, había demasiados peces grandes en el lago como para escapar de preguntas indiscretas.

Además, con la donación que había prometido la televisora para “honrar la heroicidad de quienes, sin dudas, darían rápidamente con el culpable”, tendría su retiro asegurado, e incluso, el de su jefe. Definitivamente, a más de uno le urgía cerrar el expediente.

Un anónimo acusatorio fue lo único que necesitó el capitán Ruiz para escribir aquel punto final. Al recibirlo, en su oficina, pensó que se trataba de una broma, pues en sus años de carrera jamás había coincidido con una denuncia tan cobarde. “Tampoco había tenido que investigar un asesinato con cuatro sospechosas”, pensó.

“Ana Morales, sentenciada a veinte años de privación de libertad sin atenuantes”, dictó el señor juez, y Ruiz se relajó en su asiento del juzgado. Ahora, a disfrutar del sol de las Canarias.

 

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Serie Curvas Peligrosas (Capítulo VIII)


Capítulo VIII

Cambiar el estado civil en su cuenta de Facebook de “soltera” a “sentimentalmente comprometida”, fue la única transformación que tuvo lugar en la vida de Ana tras conocer su aceptación en el concurso. Eso, y volverle a hablar a su hija.

Fanny nunca había sido una gran preocupación para ella. Al abandonar a su marido, se desentendió de la bebé. Cada dos o tres años le enviaba una tarjeta de Navidad, pero la economía, la educación y la salud de la niña quedó en manos del padre.

Por fortuna, esa fuerza incógnita, ese equilibrio natural que preserva el mundo convirtió a aquel hombre en madre amorosa, y a Fanny no le faltó nada. Incluso, la consintió demasiado. La niña creció adorando a su protector y amigo, y repudiando a su progenitora.

Con quince años, aquella hija una mujercita aparentemente independiente. Había conocido las grandes fuerzas pasionales de la vida: se había enamorado, le habían roto el corazón, y ahora tenía la fuerza suficiente para mirar a los hombres por encima del hombro. No los necesitaba; de hecho, desde la muerte de su padre no había necesitado a nadie más.

A los catorce se quedó sola, dueña y señora de su destino y de su apartamento. Terminó la escuela, como había prometido, pero también acabó con el dinero de la herencia. Su solución fue un plan apenas por encima de la prostitución: novios ricos para exprimir y botar, ardides sucios para obtener ganancia fácil.

Anita solo lo supo cuando la llamó para pedirle unas fotografías de niñez que la producción de MILLONARIO… había solicitado. Si una madre decente se hubiera escandalizado, ella sintió orgullo. Le habló con cariño sobre sus posibilidades y expectativas con respecto al concurso, y cómo, entre las dos, lograrían ganar.

Sus palabras eran dulces y conciliadoras. Omitió el pasado, los errores, el olvido y el abandono. Su visión del futuro era luminosa y su entusiasmo era sincero, pero su poder manipulador no alcanzaba para manejar a un carácter más fuerte que el suyo.

La perspectiva del dinero no era suficiente para Fanny, pero sí la de venganza. Volteó el ataque sigiloso y logró que la madre le rogara; lloró fingiendo su dolor, y finalmente lució convencida. Le cedió toda la información posible para que apareciera ante las cámaras como una mamá real, y se despidieron. No hablaron más hasta conocer la respuesta positiva del concurso.

Ana se presentó en el casting con su mejor vestido, sus labios rojos y sus zapatos de tacón cuadrado, pero Fanny, astuta y calculadora, destacaba por encima de cualquiera. Con un aire tímido y algo descuidado, buscó la sensualidad en una blusa de hombros descubiertos, en el cabello desaliñado y con una raya partida a un lado, y un maquillaje natural que resaltaba sus ojos grises.

Se expresó con cuidado ante las cámaras, exponiendo su mejor perfil, y contando la historia de soledad y trabajo que habían acordado. Enseñó a su madre a evitar el coqueteo con cualquiera que no estuviera relacionado con la selección de las concursantes, a aparentar ser una dama casta y noble, e incluso, a engañar a todos con una relación amorosa y tierna entre ambas.

La parte más difícil había pasado. Ahora quedaban tres parejas a vencer. Pero Fanny tenía otro plan.

Alguna vez, su padre le comentó que la causa del abandono de Ana era su deseo de preservar la juventud de su cuerpo y de su espíritu, alejándose de los cansancios de la maternidad. Y en tan solo media hora de conversación por chat, Fanny había comprobado su extrema vanidad y miedo a la vejez.

A Ana le gustaba que la miraran y la admiraran. Se sentía hermosa, aun a sus cuarenta. Se pintaba el pelo todas las semanas, se llenaba de cremas antiarrugas en las noches y evitaba cualquier esfuerzo que afectara su salud o su estética. En cuanto al físico, no dudaba de que don Esteban se enamoraría al verla.

Fanny se propuso destruir ese espejismo. La golpearía bien duro por el lado de su único amor: su amor propio. Le haría ver que ella era mejor; más aceptada y más querida; que aquella niña que abandonó sin piedad era capaz de vencerla en todos los aspectos; especialmente, en el carnal.

Su designio pronto fructificó.

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Serie Curvas Peligrosas (Capítulo VII)


Capítulo VII

Muchas mujeres en una sola habitación nunca ha sido buena idea. Si las damas de la corte medieval conspiraban para deponer reinas, las de este siglo serían capaces de colonizar Marte. Aunque, quizás, no particularmente estas chicas.

No. Ellas no estaban reunidas allí para cronometrar sus ciclos menstruales. Su propia presencia implicaba la más feroz rivalidad, enmascarada a duras penas tras cortesías y palabras simpáticas.

Las niñas parecían las más recelosas. Las hijas mayores observaban en derredor con discreción, pero las más pequeñas se escondían tras las madres, alzando el rostro para admirar despavoridas las torres de hierro coronadas con luces y las enormes cámaras de televisión.

A muchas, las mamás le habían hecho aprenderse tristes relatos de infancias miserables y sin padre; otras, escondían sus propias historias grises. La curiosidad por los lentes tornasoles no sobreponía la vergüenza de escuchar su propia voz resonando en los micrófonos. La primera etapa del casting, por lo menos, amenazaba con extenderse fuera del plan de producción.

Las candidatas al corazón millonario sentían toda la responsabilidad y nerviosismo que pesan sobre una mujer cuando necesita conquistar a un hombre. Las maquillistas corrían de una silla a otra, a solicitud de los coordinadores, mientras los guionistas cuchicheaban sus ideas desde las gradas del público.

Se rumoreaba que don Esteban observaría las grabaciones de cada día, y su opinión sobre las concursantes sería determinante para la primera eliminación. Las más experimentadas en reality shows, entendían que la selección dependía solo del rostro más fotogénico, del carácter más llamativo, en fin, de aquellas que ofrecieran más “jugo” para llenar las escenas; pero la mayoría solo anhelaba lucir sexy, seductora y, sobre todo, delgada ante el ojo traidor de las filmadoras.

Los suministros de pañuelillos se agotaron. Casi todas lograron echar sus lagrimitas, cuando les preguntaban acerca del amor. Pocas creían haber sido feliz alguna vez, y a ninguna parecía interesarle los millones de don Esteban, sino su más puro afecto.

Varias jornadas y terabytes de video después, los directores informaron a las cuatro finalistas en mails privados. Los resultados no podrían salir a la luz hasta culminar el entero proceso de grabación, así que debían evitar el contacto entre ellas fuera de los estudios. Nada demasiado exigente para cuatro mujeres y cuatro niñas que, de otro modo, jamás hubieran cruzado sus caminos.

 

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Serie Curvas Peligrosas (Capítulo VI)


Capítulo VI

– Mami…

– Dime, tesoro.

– Siéntate, por favor, me gustaría hablar contigo.

Entre Caridad y Elizabeth, “los pájaros le tiran a la escopeta”, como decía un refrán de su tierra. Lizzy cuidaba a su madre, se ocupaba de las tareas del hogar, se preocupaba por su cabello, su ropa, su maquillaje y hasta por lavarle la ropa interior. Así era desde sus nueve años, y ahora, superando los catorce, se sentía mucho más responsable por su bienestar.

Era su forma de pagarle todos los sacrificios que Caridad había hecho por ella. Sin necesidad de comparar el desempeño de su progenitora con el de otras, la niña podía percibir que su ternura superaba lo común.

Desde su nacimiento, Cari había dedicado todos los alientos a su felicidad, subordinando la suya, relegándola a un segundo plano. Años de resistencia junto a un esposo que no amaba, solo por conservar su protección de padre; soledad y trabajo durante la viudez; y matrimonio con un catalán para emigrar y encontrar la paz dentro de las fronteras españolas, no significaban penas frente a una sola lágrima de su “bebé”.

Lizzy podía comprender y casi agradecer aquel amor tan obsesivo. Al menos, sabía cómo corresponderlo. La atendía, la escuchaba, tranquilizaba sus miedos y nerviosismos. Siempre le buscaba un pasatiempo o la hacía narrarle sus recuerdos, para estimular su mente. Le contaba sus propias experiencias, aceptaba sus consejos con disciplina y gratitud, y le escondía sus disgustos para no hacerla sufrir.

También soñaba con una vida propia. Despertarse cada día enamorada, junto a alguien que la amara con la misma intensidad, era un ideal demasiado lejano por el momento. Sus relaciones, sus primeras y únicas, se habían frustrado por la cercanía de la de su madre. Esta sería siempre su prioridad, a menos que Cari encontrara su propio amor, por sus propios medios. O quizás, por los medios de otros.

– Mami, hace un mes, más o menos, encontré en Facebook un evento que me pareció muy interesante para nosotras. Tú serías la protagonista, en realidad, pero requiere de la participación de las dos juntas. ¿No te suena divertido?

– ¿Un evento? ¿De qué?

– Un concurso de televisión.

– ¿Para asistir como público?

– Más bien… mira, aquí te leo la convocatoria.

Los párpados de Caridad se expandían mientras sus pupilas se dilataban por el pánico. Las cámaras, los sets, la grabación, la transmisión, todo lo que su imaginación asociaba a ese medio, la espantaba, pero el texto que le recitaba su hija la petrificaba. ¿Cómo su Lizzy supondría que a ella podía interesarle competir por un hombre, por muchos millones que tuviera?

Cuando la lectura finalizó, intentó esbozar una sonrisa despreocupada, aunque sabía que el entusiasmo de su niña era sincero.

– ¿Y qué tengo que ver yo con eso? ¿O tú?

– Mami, ¿no te gustaría ir? Creo que te haría mucho bien. Acabo de terminar la escuela, y tú no trabajas. Serían… unas vacaciones pagadas. A lo mejor te gusta el hombre.

– Nunca he necesitado hombres en mi vida.

– ¡Yo sí! Es decir, para ti. Me gustaría que te enamoraras, que recuperaras la ilusión, que fantasearas con alguien, que lo cuidaras…

– Para eso, te tengo aquí.

– Yo estaré a tu lado, mami, pero no siempre. Algún día, también me enamoraré, me iré de casa y no nos veremos tan seguido.

Lizzy se detuvo al percibir cómo su madre se estrujaba los dedos. La ansiedad de un futuro sin su más preciado tesoro la sobrepasaba. Le tomó las manos, las besó y retomó su idea, con mayor suavidad.

– Mami, te entiendo. Es difícil animarse a salir a la calle, si crees que eres feliz en casa. Pero yo sé que no lo eres. Atrapada dentro de un hogar lleno de recuerdos, con la muerte de dos esposos en la memoria, ni tú sonríes ni yo tampoco. Pero esto sería un cambio tan radical a nuestra forma de ser y de vivir, que no puede hacer menos que beneficiarnos.

– ¿Y qué va a ser de nosotras en ese tiempo? ¿De nuestro apartamento?

– La producción alquila habitaciones en un hotel, con los gastos pagados, a las concursantes.

– Es que estoy muy vieja para esos inventos…

– ¿Quién dijo? Te puedo garantizar que eres justo lo que necesita el tal Esteban y todo el programa para triunfar en la teleaudiencia.

– Cariño, no te hagas ilusiones, cumplir los requisitos en papel no significa que nos acepten. Mira, para la televisión buscan muchachas jóvenes, esbeltas y bonitas, como tú, mas en mi caso, no clasifico. Te agradezco la preocupación, pero no me hables más de esas boberías, que me pones nerviosa.

El tono ligeramente imperativo silenció a Lizzy, aunque la derrota sería momentánea. Cambió de táctica y se encerró en su cuarto. Luego de una hora, salió de la habitación con la cara húmeda y los ojos enrojecidos, dirigiéndose al balcón con aire solitario, melancólico.

– Lizzy, ¿qué te pasa?

La adolescente negó con rápidos movimientos de la cabeza y enterró el rostro entre los brazos cruzados.

– Cielo, ¿te molestaste?

– Es que… nada, no es importante.

Lizzy calculaba su poder manipulador sobre Cari y no le gustaba ejercerlo; sin embargo, era una herramienta tan poderosa y tan fácil de usar… Solo se consolaba pensando que era por el bien de su madre.

– Dime, por favor, mírame.

– La verdad, mami, me hacía mucha ilusión lo del programa. Tú solo imagina: varios meses conociendo gente nueva, cortejando a un millonario, rodeadas de luces y lujo, sin más preocupaciones que pasarlo genial.

– Y cuando todo termine, ¿Qué esperas obtener?

– Pues, experiencia, gratos recuerdos, y un padrastro rico que me pagará la universidad.

– Únicamente si lo conquisto.

– Claro que lo vas a conquistar, mamá, de eso me encargo yo, que soy tu asesora personal.

– ¡Tienes tanta confianza!

– Por favor, mami, hazlo por mí, por mi carrera, por mi futuro.

Lizzy sabía que esa carta no le fallaría.

– Está bien. Puedes apuntarme, pero si no me seleccionan, no me hablas más del tema.

– De hecho, mami, tienes cita para el casting dentro de diez días.

Matanzas

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo V)


Capítulo V

A:<sweetannie@yahoo.com>;<cgomez@gmail.com>;<yanet.perez@gmail.com>;<lilymarian@>yahoo.com

Asunto: Respuesta Reality MILLONARIO BUSCA HIJA

 

Estimada concursante:

Mediante el presente email la dirección y producción del concurso televisivo MILLONARIO BUSCA HIJA le informan que usted y su hija han sido aceptadas para participar en el proceso de casting, el cual tendrá lugar durante la primera quincena del venidero mes de julio.

Ambas deberán presentarse el 1º de julio antes de las 10 de la mañana en los estudios centrales de nuestra cadena. Allí las estará esperando uno de nuestros coordinadores, a quien se le entregará este correo y los documentos de identidad como acreditación.

Durante la preselección de candidatas, dispondrán de alojamiento, dieta de alimentación y transporte desde uno de nuestros edificios de hospedaje hasta los propios estudios. Los días y horarios del casting serán asignados individualmente.

La dirección y producción de MILLONARIO BUSCA HIJA desearían recordarle que se reservan el derecho a elegir a las concursantes en atención a sus propios intereses y siguiendo las pautas dramáticas que caracterizarán al programa, sin compromisos materiales ni personales.

Se espera respuesta de confirmación.

Atentamente,

Departamento de Comunicación de concurso MILLONARIO BUSCA HIJA.

 

Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IV)


Capítulo IV

Acaricia el frío de la ventanilla, como si quisiera arrancar los pedacitos de escarcha atrapados entre los cristales. La humedad de sus dedos deja huellas sobre la superficie impoluta y transparente, y, aunque nadie la puede ver desde el otro lado del mar, escribe su nombre, como si fuera su última vez.

Yanet se entrega a su tristeza, a su soledad y a su miedo. Siempre fue una mujer valiente, pero después de tantos años, no esperaba tener que recomenzar de cero. En realidad, odiaba hasta esa misma expresión. Su vida había sido tan estable, tan común y tan… aburrida, que en ella no había espacio para la novedad, ni el desasosiego, ni la ilusión.

Lo peor era el arrepentimiento. Día tras día, se había levantado de la misma cama al lado de la misma persona, incapaz de atreverse a trastornar el equilibrio de su frágil existencia. Noche tras noche, se había ido a dormir en el exacto lugar, en el impermutable borde izquierdo del colchón, buscando la ternura extraviada en el abrazo del edredón.

Una década entera creyó ser feliz. Por supuesto, al principio cada atardecer traía consigo la sorpresa del rencuentro, la confianza de la intimidad paso a paso descubierta y compartida, los detalles y los cariños. Dejar atrás la inestabilidad de su propio pretérito por la luz prometedora de un futuro juntos, era suficiente razón para dar gracias al cielo y a las estrellas.

El matrimonio de sus padres jamás devino modelo de felicidad conyugal. Nunca separados, siempre discutiendo, habían perdido el respeto mutuo y habían hundido la pasión, si alguna vez la lograron. El pretexto de la niña les bastaba para justificar su pereza en encontrar una solución civilizada a sus problemas. Ella, en su espíritu infantil, se prometió encontrar su príncipe azul, y con él, la armonía perfecta del amor.

El sueño del caballero quedó relegado a las ensoñaciones que despertaba la lectura de sus novelas, porque la vida real pronto explotó todas sus burbujas. Decepción tras decepción, entendió que ningún hombre merecía cabalmente el corazón de una mujer, y que, si se proponía alcanzar la prosperidad con alguno, debía sacrificar ideales e idealizaciones.

Hallar a Daniel fue abrupto, inesperado. A los veinte años, estaba en la cima de su despreocupación, de sus diversiones desvergonzadas y de sus fiestas de madrugada completa. Nunca pensó que, con él, pasaría de un rato; luego, de una semana, de unos pocos meses…

Era un buen tipo. Se merecía su atención, primeramente, y después, lo mejor de sus sentimientos. Además, la amaba. Aunque nunca aprendió a demostrarlo en público, e incluso su trato delante de otros estaba lleno de órdenes ásperas e indelicadezas, ella podía comprenderlo y perdonarlo. Él sí venía de una familia unida, en apariencia, aunque el machismo del padre era altamente contagioso y la debilidad de la madre, que nunca lo enfrentó, la convertía en la perfecta sirvienta. Y, a pesar del cuadro desconsolador, Yanet vivía convencida de que él nunca llegaría a peores extremos.

Por complacerlo, se distanció de sus compañías, buenas o malas, y se centró en la nueva relación. La etapa del noviazgo, con todas sus dulzuras y cursilerías, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Por facilidad, y hasta por la seguridad de ser uno para el otro, consintió en vivir juntos. Renunciando a las comodidades de su propio techo, al calor de su familia y a la cercanía de sus amistades, se mudó a la casa de Daniel o, mejor dicho, a la de sus padres. La paz en su interior le aconsejaba que ese era el camino correcto.

El recibimiento fue, en apariencia, cordial, y en el fondo, afectado e hipócrita. La vergüenza le atizaba las orejas y solo anhelaba esconderse dentro de sus propias maletas, hasta que dejaran de mirarla. Hubiera duplicado su valor si él hubiese permanecido a su lado, si hubiese defendido su deseo o su derecho de que ella habitara allí, en vez de dejar su moral a las suspicaces conclusiones de sus parientes políticos; mas, nunca estaba en los momentos importantes.

Esa falta de lealtad, de apoyo incondicional a sus causas más tontas y a las más nobles; la burla a sus metas profesionales hasta desestimar el ejercicio de su carrera; y la subvaloración de su inteligencia e instintos, la descorazonaban hasta la depresión.

Había otras cosas que tampoco le gustaban: tardaba meses en cortarse las uñas de manos; en la casa solo servía para ensuciar, desordenar y romper, y no conservaba el mínimo respeto por los objetos de su pareja. Pero, ¿quién es perfecto? Ella misma, no encontraría jamás otro hombre que tolerara sus nerviosismos, su poco arte en la cocina o las hebras de su pelo rubio regadas por el piso del cuarto. Así que se sintió satisfecha e, incluso, orgullosa de haber encontrado a tiempo al hombre de su vida.

Justo cuando los momentos de miseria superaban en frecuencia e intensidad a los de alegría, recibió la más anhelada sorpresa de su vida. Aunque los médicos no lograban identificar el sexo en los ultrasonidos, ella había elegido el nombre de Melissa. Daniel la inscribió con una sola “s”, pero, hasta eso era capaz de perdonarle dentro de la inmensa alegría de sostener a su bebé entre los brazos.

Yanet descubrió la verdad del amor sincero en la mirada límpida de su pequeña. No se le escapó una sonrisa, un apretón de manos, un pasito de su minúsculo cuerpo. Obvió las llegadas tardes del padre y las justificó ciegamente con su decadente carrera de pelotero. Subsanó la distancia entre los dos con los juegos inocentes de su criatura. Ignoró las llamadas telefónicas a altas horas, cubriéndolas con su preocupación por el desvelo de su hija.

Si alguien quiso darle una señal, ella prefirió no ver ni escuchar. En realidad, entendía que, si ella podía ser tan feliz, él también. Melissa, alegre y cariñosa, era una bendición; al menos, así debía ser por lógica natural. Su niña constituía un milagro y su mayor logro, por encima de superar el enrollamiento en el cuello del cordón umbilical, las crisis de gastroenteritis y las complicaciones del sobrepeso infantil, debía ser mantener unidos a sus padres.

Por eso se sorprendió la noche en que esperó a Daniel, en vano. Nunca los entrenamientos se habían extendido tanto como para que él no llegara a casa. Su teléfono estaba apagado. La imaginación le sugirió varias explicaciones, pero ella no las atendió. De hecho, sentía una especie de alivio inexplicable, solo frenado por el temor a las preguntas de Melissa.

A la mañana siguiente, recogió unas pocas prendas y preparó las maletas de ella y su hija. “Vamos a visitar a abuela mami”. Nunca más supo de él.

Miró a su izquierda y acarició los bucles dorados de su pequeña, dormida sobre su regazo como una princesa en su trono. La arropó con la manta gris, marcada con la insignia de la aerolínea, y le susurró: “tampoco lo necesitamos”.

En realidad, después que nació Melissa, Yanet no requería a Daniel para su felicidad. Luego de que se marchó, ocupó su lugar fácilmente con todo el amor de madre que desbordaba su corazón. Si se fue con otra, si se marchó por cansancio, si alguna vez regresó al hogar de sus padres, no eran preguntas que frecuentaran su mente. Y como nunca se dignó a procurar un espacio en la ternura de su hija, como tampoco intentó que los abuelos paternos se acercaran a la nieta, ella ni se molestaba en hablarle a su pequeña de aquellos tres seres que tan rápidamente habían elegido quedar en el pasado.

Ahora su preocupación radicaba en sus dificultades económicas. Con la pérdida de sus padres, había desaparecido su sostén financiero, y una madre soltera, en un país tercermundista, no la pasa bien. Su tía gallega la había invitado a España. Le ayudaría con los gastos del pasaje y los primeros meses, pero no mucho más que eso. En cuestiones de dinero, la sangre se diluye en agua.

La mitad de su desasosiego nacía de la incertidumbre de su paradero y trabajo en la península. La otra mitad, de un plan desesperado que había urdido, tras tropezarse con una página web de una cadena de televisión española, mientras buscaba en internet “cómo hacerse millonario en España”. Hablaba de un concurso para enamorar a un hombre, un hombre rico, que quería una mujer con una niña.

Esa era ella. Tenía que ser. ¿Enamorar a un hombre? ¿A estas alturas? Su locura y su cordura se daban cabezazos dentro de su mente, de la misma forma que Yanet deseaba hacerlo contra el cristal de la ventanilla. ¡Empezar de nuevo, después de haber perdido tanto tiempo con un hombre, cuando ya había dicho adiós a toda montaña rusa de emociones!

La tentación del dinero fácil la había convencido de apuntarse. Llamaría a su tía para asegurarle su feliz arribo, y de inmediato partiría hacia los estudios de grabación. Habría eliminatorias primero, pero no supondrían ningún problema para ella. Yanet seguía siendo una mujer valiente.