Matanzas

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A Non-Comprehensive List Of Things I Do Instead Of Texting You – http://thoughtcatalog.com/kendra-syrdal/2017/03/a-non-comprehensive-list-of-things-i-do-instead-of-texting-you/

akaitori

1. Actively ignore your snapchats. Always sure to never open them until they’ve been sitting there for at least an hour.

2. Remind myself you don’t give a shit if I watch them or not and this overthinking is borderline pathetic.

3. Pick my hangnails. Wonder if it’s possible to pick your cuticles so much that they stop growing.

4. Take baths. And then post subtle leg pics of said baths on my Snapchat story where I refresh to see if you’ve watched it.

5. Take nudes that I delete. Examine my body inch by inch. Wonder if this body, this me, would feel the same sort of electricity being touched by you. Wonder what it would feel like if, and I mean if I let you.

6. Drink rosé. Pretend to love it. Pretend I don’t miss hard alcohol and bad decisions and people who made me chase them.

7. Drink water. Go to bed early.

8. Wake up even earlier. Wonder if despite the sun still being down, you’re somehow awake too.

9. Text my friends about you. Reminisce over how disposable you made me feel. Talk about things like “lack of emotional maturity” and “wrong for you” and “bad timing” until our thumbs get tired from typing out the clichés.

10. Swipe on Tinder. Make my bio something self-deprecating so as not to attract anyone who would believe I like myself.

11. Go on Tinder dates. Feel bored about it.

12. Ignore people from Tinder. Feel apathetic about it.

13. Show my friends your Instagram. Get mildly upset when they remark how “unfortunately hot” you are. Wonder if I’m less hot. Wonder if you’d still want me. Put too much stock into it.

14. Be insecure. Put my own self-worth on an unobtainable pedestal that’s only achievable by beating “best sex I’ve had in forever” or “running my own company”. Focus too much on it.

15. Masturbate. Feel apathetic about it. Feel anti-feminist for feeling that way.

16. Text someone exactly like you. In every way. Someone who embodies who you are but who loves me and would move mountains for me…but who I don’t love back. And who despite thinking for a moment I could, I never will.

17. Ghost him. Drop off the face of the earth. Feel again, apathetic about it.

18. Sleep too much. Feel groggy.

19. Not sleep enough. Consider saying, “Are you awake?” every time.

20. Go to text you. Rack my brain for something clever to say. Something to remind you that I’m a catch, and I’m “not like other girls”, and I’m deserving of your time. Something to make you remember why I’m me and I’m different and I’m special and I’m something better. Something to make you say, “I’ve missed you.”

21. Remeber I deleted your number. So that’s that.

22. Sulk.

23. And then lather, rinse, repeat. 

Matanzas

10 enchanting entries from the 2017 National Geographic Travel Photographer of the Year contest


http://www.businessinsider.com/10-entries-from-national-geographic-travel-photographer-of-the-year-2017-5

Matanzas

The Leggings Brands Celebrities Wear On Repeat


http://thezoereport.com/fashion/celebrity-style/celebrities-favorite-leggings-brands/

Matanzas

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This ‘Titanic’ Theory Could Make You (Marginally) Less Upset About The Ending – http://collegecandy.com/2017/04/30/titanic-theory-jack-figment-imagination-reddit-details/

Matanzas

Facebook closes in on two billion users


http://www.telegraph.co.uk/technology/2017/04/30/facebook-closes-two-billion-users/

Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo X)


Capítulo X

El círculo de venganza estaba completo.

Veinte años de prisión apenas eran suficientes para pagar la maldad de un corazón ponzoñoso. Aunque, en verdad, ¿a quién se le podía ocurrir que a una mente tan estúpida como la de alguien que se hace llamar en sus redes sociales “Sweet Annie”, conciba exitosamente un asesinato así?

Necesitaban un chivo expiatorio; esa era la única explicación para aceptar tal disparate. Que, por cierto, estuvo a punto de arruinarse, cuando a su madre se le ocurrió que iba a confesar toda la verdad.

“Mami”, le había dicho con esa voz suave y tierna que encubría su odio agazapado, “¿cómo crees que reaccionarán? Estoy segura de que ni siquiera leíste el contrato del concurso. ¡Las letras pequeñas, mami! Si traicionas a don Esteban de cualquier manera: con otro hombre o mujer, revelando los secretos de su casa o deshonrando su nombre, serás llevada a juicio y encarcelada según la pena que se te aplique.

“¡Piensas que les puedes decir a todos, al mundo entero, que mientras don Esteban se dirigía a una muerte segura, tú te revolcabas con el chico de los mandados en una de sus habitaciones! Es mejor que guardes ese secreto, mami. De la sentencia que te den, que de por sí no debe ser grande – tendrán en cuenta tu género, tu belleza, tu edad – saldrás pronto por buen comportamiento, y lo otro no manchará tu reputación”.

Ana había obedecido como un corderito. Con los labios sellados y la mirada baja, había caminado desde el estrado hasta la prisión, y Fanny la había visto desaparecer de su vida.

Ahora que su plan había resultado, debía hacer un balance de las consecuencias. Su madre estaba fuera del camino, pero había tenido que eliminar peones durante el juego.

De hecho, se había encariñado un poco con el viejo don Esteban. Desde que las candidatas llegaron a su casa, él intentó concentrarse en conocerlas, pero la coquetería inocente de Fanny lo perturbaba hasta en sueños.

Para ella, colarse en su cama fue más fácil que robar su corazón, pues la conciencia del hombre de honor le impedía mirar de aquella forma a una jovencita. Mas una vez que se dejó llevar, ¡ay!, fue suficiente para que el río desbordado lo arrastrara.

Acostumbrada a tratar con adultos mayores, Fanny sabía exactamente la proporción entre placer y amor que debía ofrecerle. Y, aun así, se le presentó como la más pura de las muchachas. Una flor como esa no encontraba puertas cerradas. Las escapadas en el auto, las cenas románticas en hoteles al otro lado de la ciudad, las visitas a la alcoba principal en la madrugada, se hicieron deliciosas, al menos, a una de las partes.

Él creía enseñarle los placeres profundos de la vida; ella, lo educaba en la modernidad. Le llenaba el celular de aplicaciones para Internet e incluso, introdujo un software en el carro para controlarlo a gran distancia. “De esta forma, siempre sabré dónde estás y qué haces”. Esteban lo atribuyó a un juego de niña celosa.

Fanny siempre salía a correr por la pista alrededor de la finca con el teléfono en la mano, para medir su tiempo. Aquella tarde, pasó varias veces por delante de cada cámara de seguridad que rodeaba el perímetro, y saludó al guardia de la verja de entrada en dos ocasiones, antes de adentrarse en el bosque sur de los terrenos.

Envió una señal desde su móvil, desinstaló un programa y, quince segundos más tarde, el coche de don Esteban se volcaba barranco abajo. Con la cara sudorosa por el esfuerzo físico, regresó a su habitación a tomar un baño. Dos horas más tarde, rompía a llorar por la triste noticia de que había perdido a su futuro padrastro.

La investigación ni siquiera la tocó. Nadie sospechó de ella. Al contrario, la abrumaba la compasión por tener una madre asesina; por quedarse sola y desamparada en el mundo; por quedarse traumatizada ante acontecimientos tan atroces. La televisión quiso convertirla en una estrella del dolor, pero su juicio le aconsejó desviar toda atención de ella.

Durante las semanas de filmación, mientras el romance crecía, don Esteban había inflado con miles su cuenta bancaria. Ella había mostrado interés en aprender a invertir en la bolsa, y como estaba legalmente emancipada, él comenzó un negocio en su nombre. Si sabía mantenerlo, le proveería capital fresco, al tiempo que podía iniciarse en mundos más ambiciosos.

Antes de cumplir dieciséis, Fanny tenía su vida resuelta. “Después dicen que los reality shows no sirven para nada”. Por el resto de su existencia, solo su conciencia se interpondría entre ella y la verdadera felicidad.

Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IX)


Capítulo IX

El capitán Ruiz de la guardia civil esperó toda su vida por un caso como este. La muerte de un magnate siempre genera expectación, sorpresa y comentarios morbosos, pero un hombre como don Esteban le iba a garantizar su jubilación. La popularidad en ascenso que le proporcionó el concurso MILLONARIO BUSCA HIJA –que para Ruiz era el colmo de la estupidez- bien podía ser la causa de su propia desgracia.

“Y es que si ya eres una persona con suerte –pensaba don Esteban- ¿para qué lo compartes con el mundo? La envidia es más fuerte que el amor, como decía su padre. Quien no tiene nada, o tiene menos que otros, se siente inferior. De ahí a encontrar la forma de destruir al prójimo es solo un peldaño en la escalera del infierno.”

Las principales sospechosas, sin embargo, eran las famosas candidatas del concurso. Cuatro mujeres desconocidas, de un origen supuestamente investigado por los productores, que habían llegado a la finca del difunto a cortejarlo. “¡En mis tiempos, eran los hombres los que enamoraban!”

Aunque también podía haberlo matado cualquiera de su servidumbre. Pero no… todos eran de confianza. ¿Y cuál de sus guardias personales habría permitido que se acercaran a su automóvil? No, no, no…

Las mujeres sí eran capaces de alta traición. Mucho antes de su divorcio, ya había descifrado la mente pérfida de las féminas. Su mujer lo había dejado casi en la ruina, sin hijos en cuyo amor refugiarse y reducido al apartamento de soltera de su madre.

A veces temía que su ansiedad por hallar culpable a cualquier mujer dentro de sus casos era una respuesta vengativa de su subconsciente a las penurias de su vida. Pero esta vez consistía en algo más. Lo sentía en sus entrañas.

De aquellas concursantes, tres tenían coartadas. Esa tarde, Lilianne Cortázar había llevado a Marian a ver al psicólogo; Yanet Pérez y Caridad Gómez estaban de viaje; pero Ana Morales no lograba armar una historia coherente que justificara su tiempo entre las 4:00 pm – hora en que llegó don Esteban con su vehículo, en perfecto estado – y las 8:30 pm, cuando él abandonó la casa para no volver jamás.

De las cuatro, podía estar tranquilo respecto a Yanet y Caridad. Aunque su eliminación del concurso les proporcionaba el motivo para la sangrienta venganza, una sencilla investigación a través de las cámaras de seguridad de las estaciones del metro bastó para justificarlas.

La primera se había embarcado desde el mediodía con la pequeña Melissa en dirección a casa de su tía; la segunda, viajaba con Elizabeth de retorno a su casa en el tren de alta velocidad sobre ese mismo período. Habían llegado a la hora prevista a sus respectivos destinos, tenían testigos que lo afirmaran, y se mostraron sorprendidas ante la noticia del accidente. Las autoridades las tenían confinadas en los domicilios de residencia, y aunque su olfato le aseguraba que las dejara tranquila, no podía liberarlas de la vigilia policial hasta no hallar un culpable.

Lilianne le inspiraba menos confianza. Don Esteban la había invitado a continuar en la segunda etapa del programa, a condición de que sometiera a su hija a tratamiento psicológico. Se lo había dicho como una solicitud, como una sugerencia, pero era una condición irrevocable para su permanencia en el show. Ella no lo había asimilado bien.

Escogió como médico a un ex compañero de clases, lo que despertó las inmediatas sospechas del capitán Ruiz. No pudo probar que entre ella y el reconocido galeno existiera algo más que una amistad profesional, y aun así no se quedó convencido. Mandó a comprobar todos los horarios de las citas previas en el gabinete de la clínica y a verificar los compuestos químicos que le había recetado a Marian.

Su primera teoría se fundamentó en que el doctor Linares podía haber falsificado los registros de la consulta para encubrirla aquella tarde; la segunda, en un posible envenenamiento que haya conducido a la pérdida del control del coche, ya fuera por alucinación, ceguera o inconsciencia de don Esteban, y por tanto al accidente.

Pero no pudo probar ni una ni otra. Ambas habían estado donde decían, durante el tiempo que decían. Solo logró retenerlas, como a las otras, en su hogar. A la segunda semana de investigaciones, el círculo de posibilidades se cerraba, pero aun no lograba armar el “muñeco”.

Sus compañeros parecían estar de acuerdo en que Ana Morales tenía cara de culpable. El hecho de no poder explicar qué fue de su vida aquella tarde; lo nerviosa que estaba, y cómo trataba de evadir a los interrogadores con coquetería o falsos desmayos, según conviniera, constituían claros indicios de que ocultaba más de un secreto.

La prensa exprimía a policía y trabajadores del concurso en busca de detalles escandalosos, así que los productores le acosaban por teléfono día y noche. Para ellos, cada minuto de oscuridad significaba miles en pérdidas de publicidad y prestigio. Aunque el departamento de homicidios no estaba obligado a dar explicaciones a periodistas ni curiosos sobre caso en proceso alguno, había demasiados peces grandes en el lago como para escapar de preguntas indiscretas.

Además, con la donación que había prometido la televisora para “honrar la heroicidad de quienes, sin dudas, darían rápidamente con el culpable”, tendría su retiro asegurado, e incluso, el de su jefe. Definitivamente, a más de uno le urgía cerrar el expediente.

Un anónimo acusatorio fue lo único que necesitó el capitán Ruiz para escribir aquel punto final. Al recibirlo, en su oficina, pensó que se trataba de una broma, pues en sus años de carrera jamás había coincidido con una denuncia tan cobarde. “Tampoco había tenido que investigar un asesinato con cuatro sospechosas”, pensó.

“Ana Morales, sentenciada a veinte años de privación de libertad sin atenuantes”, dictó el señor juez, y Ruiz se relajó en su asiento del juzgado. Ahora, a disfrutar del sol de las Canarias.