Historias

El hombre sin sueños


Érase una vez un hombre sin sueños. No me refiero a un pobre enfermo de insomnio ni de narcolepsia -y el adjetivo “pobre”, en su caso, sería un absoluto disparate- sino a un señor de negocios, exitoso, de agenda apretada y exquisitos contactos, dueño de todo excepto lo más codiciado: tiempo.

Diez años antes había decidido extinguir las ineficiencias de su vida por completo. Automatizó toda su casa, que era, más bien, una pulcra oficina; destinó cuentas vitalicias para los servicios básicos y empleados que mantendrían su entorno en equilibrio; preparó todos los detalles, desde los trajes y las corbatas hasta un régimen semanal de alimentación, para que su mundo no girara, sino que avanzara en línea recta, sin perder ni un solo segundo en dudas o placeres efímeros. O blanco, o su contrario.

Lo que en mayor medida le llenaba de orgullo –si se hubiera podido permitir el consumo de sentimientos inútiles- era haber eliminado los minutos de ensueño de su rutina diaria de descanso. No tenía sentido alguno invertir en reflejos oníricos improductivos. El reposo devenía obligatorio como antítesis de la vigilia; fuera de ello, nada más necesitaba.

El mejor neurólogo de la ciudad, con su pulso firme y aguja penetrante, silenció los latidos de su pontino, la región del cerebro diseñadora de celajes y tules. El hipotálamo se transformó en un interruptor para dormir y despertar. No más pesadillas ni premoniciones, solo la más absoluta oscuridad, como el negro de sus chaquetas Armani.

Un martes, su psiquiatra recibió una llamada a medianoche. La atendió solo cuando reconoció, en el número identificado en el visor del teléfono, a su cliente más exorbitante y meticuloso. Del otro lado de la línea le reclamaban duplicar la dosis de metilxantinas. Con los ojos entrecerrados, el médico alcanzó el bolígrafo y comenzó a escribir una receta.

Cada vez reclamaba más y más drogas. Su consumo había crecido exponencialmente en una década hasta los 300 g por dosis. Eso significaba demasiado para una persona cuerda, pero su razonamiento frío jamás admitía negativas. No eran para dormir, no; sus ondas cerebrales eran perfectamente simétricas desde las once hasta las seis. Eran para lo que veía despierto.

En los últimos meses, los espejismos habían aumentado y las sombras se habían tornado más nítidas. Ya no podía ignorar las mariposas azules revoloteando los bucles de las cortinas ni los ecos de olas rompiendo contra las ventanas. La alfombra levantaba al aire sus arabescos dorados y un triste jorobado parecía mirarlo desde el abrigo colgado tras la puerta.

Desde el último lunes los ataques de ansiedad le cortaban la respiración. De pronto podía hallarse escondido debajo de la mesa, persiguiendo una araña con rostro de mujer; no pasaba más de cuarto de hora y su estómago empezaba a revolverse con el olor cálido y húmedo de los pasteles de su madre. Y ahora, martes, no podía dormir.

La madrugada, pesada y lenta, resulta el momento de las cavilaciones más profundas. Mas él no lograba ni siquiera pensar. Un cúmulo de imágenes alocadas, dispares y disparatadas se agolpaban dentro de su cabeza, retenidas por el límite físico de su cráneo y reventando de presión las venas. De pie en el balcón, con las extremidades entumecidas y los ojos adoloridos, buscaba una respuesta en el horizonte.

La luz de los primeros rayos definió una silueta. Pequeño, temeroso, se aproximaba un niño de unos siete de edad. Cuando estuvo a su lado, extendió su manita, desenvolviendo entre sus dedos una bola de béisbol. Sonrió. Se desvaneció.

Él. Era él. Él mismo, como en un espejo de tiempo. Aquella era la pelota que su padre le había regalado en su cumpleaños. El último día que lo vio. El postrimer obsequio. El que más había amado y más odiado. Le recordaba la partida, el vacío, el olvido. Y ahora volvía a sus manos.

Miró largo rato aquel objeto, reconociendo lo inverosímil de tenerlo en sus manos, cuestionando materia, espíritu y energía y, sobre todo, añorando una vida feliz que nunca conoció. Inspiró fuerte y rápido, estiró el brazo hacia atrás y lanzó la esfera directo al parque con toda la velocidad que pudieron imprimirle las revoluciones de su agitado corazón.

Aquel bólido surcó el cielo como si tuviera alma. Fue un tiro limpio, ágil y certero; también, liberador. La descarga de adrenalina fue efectiva para su cuerpo, que se sacudió de la modorra de una noche en vela; para su encéfalo, que revivió luego del letargo quirúrgico y los barbitúricos; incluso más para su alma, que se atrevió a concebir la esperanza de soñar.

Continúa siendo un hombre ocupado. Se levanta temprano, se baña, desayuna, trabaja hasta las tres de la tarde, come y sigue con su automatismo habitual. El único cambio se evidencia si es lunes, miércoles o viernes, y algunos domingos; entonces, después de almorzar, se cambia de ropa y se dirige al estadio. Él es el lanzador estrella.

Aunque tarde para ser profesional, siente una conexión con aquel chico que soñaba con las grandes ligas. Ya no lo persiguen las visiones durante el día, sino quimeras y pesadillas que lo visitan a su antojo por las noches, como a cada uno de nosotros. Y ya no teme a desperdiciar su tiempo al soñar; más bien, a carecer de un sueño para vivir.

 

 

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