Cultura·Matanzas

Inundaciones y sequías


Lagunas, y no charcos, deberíamos llamar a los agujeros llenos de lluvia estancada que invaden nuestras calles. No existe un barrio matancero libre de estas lacras; tampoco una acción concreta por eliminarlas definitivamente.
Tristes estampas de la ausencia de higiene y respeto por la civilidad, roban espacio al tránsito peatonal y vehicular; infestan el aire con nauseabundos olores y profanan la belleza de una ciudad que creció rodeada de aguas, pero límpidas y fluidas.
Si la premura obliga a atravesarlas, el caminante debe convertirse en equilibrista, balanceándose entre guijarros y bejucos para evitar el lodo. Ni los perros vagabundos escapan de esa suerte, aunque quizás sus habilidades los libren de las caídas y resbalones que sí afectan a los humanos.
Estos hediondos depósitos acumulan las precipitaciones de una manera tan eficaz que permanecen incluso en tiempos secos. Allí, se fusionan tierra, basura inorgánica y el preciado elemento para dar lugar a pequeños ecosistemas, donde pululan especies vegetales, anfibios e insectos.
Al mismo tiempo que las campañas de higienización desarrolladas por Salud Pública recorren minuciosamente los hogares y centros de trabajo, eliminando cualquier riesgo epidemiológico, justo de la puerta para afuera florece el hábitat para múltiples vectores.
Causas, como en todo problema social, existen muchas. En algunas arterias, la situación es provocada por la irresponsabilidad de los habitantes, que construyen sus domicilios sin supervisión técnica y obstruyen las vías –naturales y artificiales- destinadas al desagüe pluvial.
En otras, la gestión equívoca de los planificadores civiles otorga el visto bueno a la urbanización, sin crear previamente la infraestructura. Además, los montículos, depresiones y ausencia de drenajes, productos de la incorrecta pavimentación, propician la contención del líquido, a veces, de esquina a esquina.
Por su parte, los manantiales de agua potable no se quedan atrás. Los “salideros” afloran sin prejuicios, como si a nadie le importara. ¿Será? En ocasiones las tuberías se parten de forma accidental por el peso aplastante de camiones y ómnibus, pero mayormente la culpabilidad recae en los vecinos.
Buscan acceso a las redes hidráulicas sin permiso, vigilancia ni cosa parecida, arremetiendo con pico y pala contra los conductos. Aunque se enmienda la dificultad individual, se crean otras nuevas en diferentes hogares, pues se debilita la fuerza del bombeo que recorre los caños y no puede alcanzar las casas más altas o alejadas. Cada día son más los perjudicados por esta práctica.
Luego, el hueco se cierra con un poco de cocó y piedras, arrastradas con las primeras cuatro gomas que las cruce. Y entonces comienza todo: el hoyo, el despilfarro sobre el cemento, la inundación en las calles y la sequía en los grifos.
El bache no puede ser corregido mientras esté húmedo, porque el asfalto debe adherirse a los materiales; en tanto exista el bache, permanecerá expuesto el conducto a los agentes externos. Por algún eslabón se tendrá que romper esa cadena, si queremos mejorar nuestras vidas y nuestro entorno.
Aunque no estén en el mapa de Matanzas ni sean un aporte geográfico a las cuencas territoriales, estas acumulaciones deberían preocuparnos un poco más, cualquiera que sea su extensión. Son peligrosas, insalubres y desagradables a la vista y el olfato.
Deslustran a Matanzas, desacreditando su prestigio como la primera ciudad moderna de América. A veces pareciera que queremos emular a la antiquísima Venecia.
Lo más difícil no es simplemente reconocer hasta dónde han llegado esos charcos. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a convivir con ellos.

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