Historias·Matanzas

Silencios cómplices


“No, periodista, no me grabe”- dice, mientras escapa del infalible botón rojo. Entonces, el entrevistador debe guardar su dispositivo y sacar del bolsillo todos sus artilugios para recopilar y memorizar la información, presintiendo el advenimiento del clímax del conflicto cuandoinevitablemente pregunte su nombre.
La libertad de palabra es un derecho constitucional, estipulado en el Artículo 53 del Capítulo VII de la Carta Magna. Sin embargo, el temor a “buscarse líos” ha llegado a lacerar el ejercicio cotidiano de esta ley, al punto de que limita la expresión pública de las ideas que usualmente son compartidas en ámbitos privados.
Así, se prefiere el rumor a la denuncia directa, el comentario en la mesa de dominó a la participación democrática en las asambleas de rendición de cuentas, la palabra susurrada a la inmortalizada por la pluma o la cámara del periodista.
El principal compromiso de la prensa nacional es con el pueblo. Los trabajadores de los medios de comunicación nunca lo olvidamos, aun cuando rozar con un pétalo a un directivo nos puede costar desde una mirada de desprecio hasta escándalos en la calle llenos de agresiones verbales.
Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, ha insistido en la necesidad de transparencia, la crítica oportuna y sinceridad con el pueblo. Sus palabras son nuestra espada y escudo en la cruzada por la verdad, pero persisten los cuadros que evaden la entrevista, nos mienten descaradamente, acuerdan reuniones a las que nunca asisten o niegan la veracidad del estado de opinión popular.
A veces, nosotros mismos caemos en la autorregulación y la autocensura, por miedo a incurrir en violaciones éticas, al férreo filtro editorial de nuestros superiores, al enjuiciamiento a algún jefe que tan “amablemente” nos facilitó la información -pintando como un favor lo que constituye un deber- y a la malinterpretación de nuestra denuncia a lo mal hecho como ataque al sistema social instituido –los famosos “problemas ideológicos”.
Pero el protagonismo pertenece a la gente, a los que sufrenlas interminables colas de Etecsa, la mala calidad del arroz de la canasta básica, la incompetencia de un funcionario que no es capaz de ofrecer la información correcta, o el delegado que traiciona la confianza de los votos con su ineficacia.
La conformidad ante las labores incompletas, el mal servicio, los trámites innecesarios y los errores que nos afectan directa o indirectamente, debilitan las capacidades ciudadanas. La denuncia y la alerta constante pierden espacio ante la apatía social y, en el mejor de los casos, ante la vana esperanza de que todo se arregle por sí solo.
Aproveche si un periodista requiere su opinión. Por desgracia o por fortuna, lo publicado en un medio de comunicación queda perpetuado para la historia y adquiere casi carácter de ley. No en vano, somos temidos, respetados y repudiados como el “cuarto poder”.
Incluso más, no espere por los profesionales de la palabra: aduéñese de ella. La verdadera naturaleza de la democracia no necesita esperar porque un ente supremo resuelva los problemas.Su espíritu está allí, cuando una voz se alza ante las dificultades.
En manos de los ciudadanos está la decisión de romper con la indolencia como principal garantía para, paso a paso, construir una Cuba donde no existan silencios cómplices.

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