Matanzas

¿Acostumbrados?


Hace poco escuché a cierto visitante extranjero que intentabadescribirnos con una simple sentencia: “ustedes están acostumbrados a lo mal hecho”. Una visión absolutista quizás, pero las propias sonrisas en aceptación de los presentes me demostró que poco a poco se torna una peligrosa verdad.
Su burdo retrato me hirió más de lo que esperaba: periodista al fin, me siento un poco responsable ante el silencio cómplice de la prensa, la autocensura y las críticas demasiado constructivas que en ocasiones esgrimimos. Cuando nos sentamos frente al teclado o sostenemos un micrófono, respondemos a tantas convicciones e intenciones que nunca logramos complacer a todos.
A veces, caemos en la autorregulación por miedo a incurrir en violaciones éticas, al férreo filtro editorial de nuestros superiores, al enjuiciamiento a algún jefe que tan “amablemente” nos facilitó la información -pintando como un favor lo que constituye un deber- y a la malinterpretación de nuestra denuncia a lo mal hecho como ataque al sistema social instituido –los famosos “problemas ideológicos”.
Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, ha insistido en la necesidad de transparencia ysinceridad con los lectores. Sus palabras son nuestra espada y escudo en la cruzada por la verdad, pero persisten los directivos que evaden la entrevista, nos mienten descaradamente, acuerdan reuniones a las que jamás asisten o niegan la veracidad del estado de opinión popular.
Aun cuando rozar con un pétalo a ciertos directivos nos puede costar desde una mirada de desprecio hasta escándalos en la calle llenos de agresiones verbales, los trabajadores de los medios nunca olvidamos que el principal compromiso es con el pueblo. Mucho camino queda por avanzar, como eternos inconformes ante los defectos de la sociedad cubana.
Pero salvando las faltas de quienes escriben para el público, también encontramos quienes retroceden ante una grabadora o una cámara de televisión, negándose a contestar simples preguntas si su voz o su rostro quedan como testigos, y mucho menos, revelan sus nombres, temerosos de que alguna fantasmagórica Reina de Corazones mande a cortar sus cabezas.
Muchos prefieren el rumor a la denuncia directa, el comentario en la mesa de dominó a la participación democrática en las asambleas de rendición de cuentas, la palabra susurrada a la que se vuelve efectiva y eficaz desde el escenario correcto. Revise las manos que se alzan en una reunión, la asistencia a los encuentros en la circunscripción y la unanimidad viral en las votaciones: la expresión se subyuga ante la conformidad.
La libertad de palabra es un derecho constitucional, estipulado en el Artículo 53 del Capítulo VII de la Carta Magna. Sin embargo, el temor a “buscarse líos” ha llegado a lacerar el ejercicio cotidiano de esta ley, al punto de que limita el enunciado público de las ideas que usualmente son compartidas en ámbitos privados.
Así, la conformidad ante las labores incompletas, el mal servicio, los trámites innecesarios y los errores que nos afectan directa o indirectamente, debilitanlas capacidades ciudadanas. La denuncia y la alerta constante pierden espacio ante la apatía social y, en el mejor de los casos, ante la vana esperanza de que todo se arregle por sí solo.
La verdadera naturaleza de la democracia no necesita esperar porque un ente supremo resuelva los problemas. Su espíritu está allí, cuando una voz se alza ante las interminables colas de Etecsa, la mala calidad del arroz de la canasta básica, la incompetencia de un funcionario que no es capaz de ofrecer la información correcta, o el delegado que traiciona la confianza de los votos con su ineficacia.
En manos de los ciudadanos está la decisión de romper con la indolencia, como principal garantía para, paso a paso, construir una Cuba donde estemos acostumbrados a lo bien hecho.

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