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“Mi última vez”


“El peor momento de mi vida lo viví allá, en Sierra Leona. Fue una de esas tantas veces que palpábamos a la muerte, que jugábamos con ella, que la desafiábamos… Aquel día, un clavito me rompió el traje de protección, mi única barrera ante el ébola.

Jorge Luis Varela Puga narra sus experiencias en el enfrentamiento al ébola en Sierra Leona.
Jorge Luis Varela Puga narra sus experiencias en el enfrentamiento al ébola en Sierra Leona.

“Salí de la sala, le dije a mi compañero que no pasaba nada y le pedí que no lo informara, por temor a que me mantuvieran aislado de los demás. Tomé las medidas de seguridad, pero incluso así, pasé 21 días casi sin comer, pensando en el minuto en que podía aparecer con fiebre, el primer síntoma de la enfermedad.”
Escuchar esta confesión de labios de Jorge Luis Varela Puga estremece por partida doble: primero, la disposición de un hombre a luchar por el derecho a la vida al otro lado del mundo, sacrificando la suya propia y el bienestar de su familia; en segundo lugar, por la humildad de este colombino, que niega ser un héroe mientras escapa de las cámaras.
“Cada uno de nosotros, los trabajadores de la salud, hubiese dado el paso al frente. Mi historia pudiera tener como protagonista a cualquiera que sintiera esa solidaridad y apasionada entrega de los cubanos por salvar a otras personas.”
Varela, como le llaman sus compañeros del Hospital Mario Muñoz, en el municipio de Colón, es Licenciado en Enfermería y trabaja en el Departamento de Unidad Quirúrgica, su especialidad. Desde 1981 labora en el sistema de salud cubano, con 33 años de servicio.
Su primera experiencia internacionalista fue en Angola, en misión militar de 1985 a 1987. Además, pertenece a la Brigada Henry Reeve desde sus inicios, con una valerosa trayectoria en Paquistán (desde el año 2005 hasta mayo de 2006) e Indonesia (entre el 1º de junio y septiembre de 2006). Amplió sus vivencias en Venezuela (a partir de octubre del propio año hasta noviembre de 2010).
Era un hombre con quien se podía contar, con probado temple y acostumbrado a las carencias y riesgos que enfrentan los médicos en el exterior. Quizás por estas razones, fue seleccionado para una tarea que, sin que él pudiera esperarlo o siquiera imaginarlo, le cambiaría la vida.
“Yo había escuchado las noticias de la enfermedad en África. Un día, me encontraba trabajando como instrumentista en un turno de 24 horas en el salón quirúrgico. Justo a mitad de la operación, me llaman de la Jefatura de Enfermería, informando la solicitud del departamento de Colaboración para marchar a aquel continente a combatir el ébola.
“Dije inmediatamente que sí, aunque estaba concentrado en mi trabajo y no calculé la envergadura total de la decisión. Ante un segundo llamado, en el que reiteré mi afirmación, me indican que saldría de Colón al día siguiente desde las seis de la mañana. Un compañero me sustituyó en la guardia y regresé a la casa.
“Cuando le conté a mi esposa y a mi niña, ¿para qué decirlo?, rompimos a llorar. Fue muy difícil; yo estaba claro de la gravedad del entorno epidemiológico que encontraría. Asimismo, desconocía mucho de la enfermedad y cómo enfrentarla. Íbamos para allá: solo eso sabíamos.
“Algo incluso más complicado para mí yacía en el hecho de que mi mamá tiene 91 años, y aunque ella es una viejita alegre, la edad tan avanzada me hacía temer por cómo resistiría la noticia. Fui hasta su hogar y le aseguré que no tendría peligros; sin embargo, quedó muy afectada.
“Me despidieron en el municipio, después en la provincia y finalmente llegamos a La Habana. Allí empezaron los trámites para la partida. Tuvimos un mes de entrenamiento en el Instituto Pedro Kourí (IPK), donde recibimos clases sobre el ébola: origen, riesgos, formas de contagio, etcétera. También pasamos un curso de preparación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que nos avala para trabajar en esta u otro tipo de catástrofe.
“El día 1º de octubre salió nuestro vuelo. En el aeropuerto se realizó un acto muy emotivo, donde nos despidieron grandes personalidades. En la escalerilla del avión estaba Raúl Castro, despidiéndonos personalmente, agradeciéndonos y trasmitiendo el saludo de Fidel. `Confíen en nosotros; la Revolución no los abandonará´, nos aseguró.
“Nosotros no sabíamos para dónde íbamos, es decir, en realidad no teníamos una idea completa del escenario que encontraríamos, y mucho menos, una estrategia para revertir las cifras de pérdidas y preservar al propio tiempo nuestra integridad física.
“Llegamos a Sierra Leona el jueves 2. Nos recibieron, junto al embajador, los jefes de la misión y una delegación que había arribado antes para explorar el terreno. Nos dividieron según los sitios de hospedaje. En el Hotel Compañero, nos alojamos los 46 que trabajaríamos juntos, conformando una gran familia.
“Comenzó el entrenamiento directamente con la OMS y con los demás colaboradores de otros países. Una lección importante fue acerca del traje de protección: el equipamiento, sus cuidados, técnicas para ponérselo y quitárselo. Nos asignan un hospital de muy alta tecnología, perteneciente a los británicos, donde nos adiestraron para actuar específicamente con su protocolo.
“En esa zona aún no había empezado el ébola, pero cuando el presidente de Sierra Leona visita el hospital, le informa a los medios que ya ese centro estaba listo para atender. A la mañana siguiente, 5 de noviembre, comienzan a llegar los primeros enfermos. Aquella situación nos agarró `fuera de base´.
“En medio de ese descontrol, se inició la recepción de los pacientes. Poco después, Félix Báez, médico de nuestro grupo, comienza con sus manifestaciones de fiebre. ¡Qué podíamos pensar nosotros, si a la primera semana de trabajar ya teníamos un contagiado de ébola!
“Fue un duro golpe para la Brigada del hospital. La moral se nos derrumbó: vivíamos con mucho temor, llorábamos y pensábamos en la familia, creyendo que teníamos la muerte cerca. Pero llegó el punto en que nos convencimos de que teníamos que salir adelante, superarnos y enfrentar las dificultades.
“Estuvimos los 21 días pendientes de la enfermedad de Félix, confiando en que la Revolución no nos abandonaría. A diario nos enterábamos del parte médico, y cuando supimos que había salido del peligro, fue uno de los momentos más alegres y jubilosos que tuvimos allí.
“Mas, definitivamente, el mejor de todos fue cuando él regresó a Sierra Leona y nos visitó directamente, abrazándonos a cada uno de nosotros, como miembros de una gran familia. Todos, incluyendo a los británicos, estadounidenses, españoles, franceses, italianos y todos los que se mantenían cerca de nosotros, afirmaban que la suya era una gran hazaña, porque nadie que hubiese estado enfermo entre la vida y la muerte, como Félix, regresaba a terminar la obra que había comenzado.
“Nuestros compañeros británicos pretendían, al menos, asegurarles una muerte digna a los pacientes, a través de un tratamiento para controlarles la fiebre, los vómitos y las diarreas; para ello solicitaban el apoyo del personal de enfermería. Pero los cubanos esperábamos lograr mayores resultados.
“Luego de un debate por ambas partes, acordamos que trabajaríamos parejo, sin distinción entre médicos y ayudantes. Ejecutaríamos, sin diferencias de títulos, todo tipo de acciones por salvar al paciente: darles la comida, bañarlos, tenderles la cama y brindarles comodidades. Esa fuerte unión nos impulsó hacia adelante.
“Los propios ingleses afirman que los cubanos dimos un vuelco a su protocolo. Desde que entrábamos al hospital, portábamos una bolsa con los medicamentos y las pruebas que se le realizarían al paciente. Llegamos a la conclusión de que la enfermedad se eliminaba con hidratación, alimentación y buena atención, sin olvidar los antibióticos. Gracias a esa gestión, muchos se mejoraron.
“Al principio hubo muchos achaques, porque el traje que usábamos estaba a prueba. La máscara, luego de usarla un rato, se colapsaba o se tupía y apenas se podía respirar; nos provocaba pánico y teníamos que salir. Después se resolvió el problema, pues enviaron otras con filtro.
“Con esa pesada ropa, podíamos aguantar aproximadamente una hora. El techo de los hospitales era de zinc, con lonas por los costados; además, en la tarde, la temperatura alcanzaba los 45 grados Celsius. El calor nos asfixiaba.
“Entrábamos a trabajar una, dos o tres veces al día, en dependencia de la cantidad de pacientes, desde por la mañana hasta la madrugada. Los turnos abarcaban cerca de una hora y los descansos, dos. Procurábamos que los dolientes no se sintieran solos.
“Antes de vestirnos con la protección, se nos recomendaba ir al baño, realizar las necesidades, ingerir agua y jugo para contrarrestar la pérdida de líquido por sudor. Cuando salíamos de la sala -y esta es la parte más peligrosa- teníamos que quitarnos cuidadosamente el traje, supuestamente ya infestado.
“Igualmente, nos fumigaban con cloro al 0,5%, y no podíamos ni respirar por lo fuerte del químico. Luego, nos duchábamos con la misma disolución, pero al 0,05%. Como medida adicional, le añadíamos sales de rehidratación al agua de beber.
“Después del baño, acudíamos al área de descanso, sin peligro de contaminación, donde podíamos elevar los pies, relatar historias, relajarnos, contando con el apoyo de un psiquiatra que organizaba una especie de terapia de grupo.
“En los ratos de descanso, pensaba en tres personas: mi mamá, mi esposa y mi niña. Siempre he sido muy apegado a mi familia: soy hijo único varón, crecí entre hembras y soy el más chiquito, el mimado.
“Pensé en algún momento que no volvería. A diario, cuando nos poníamos el traje para entrar a la sala, me preguntaba: ¿será mi última vez?, ¿será la última vez que entro aquí? Porque cuando entrábamos con el traje teníamos dos bolsas: la de ganar y la de perder. Por ejemplo, me podía pinchar, un accidente lo puede tener cualquiera.
“El ébola es muy infeccioso. Los animales que siempre lo portan en esa zona son el murciélago y el mono, que allí se comen, constituyendo fuente de contagio. Le dicen la enfermedad de la compasión, porque quien ve a alguien aquejado enseguida le pasan la mano.
“Una vez infestado, los primeros síntomas aparecen de 2 a 21 días, que es el periodo de incubación. Las manifestaciones son fiebre, dolor de cabeza, vómito, diarrea y mucha sudoración, y cuando avanza, pérdida de la memoria, sangramientos incontrolables, atacando principalmente a las vísceras del cuerpo, como el hígado y el riñón. Con el tratamiento que ofrecíamos allí, basado en hidratación, alimentación y antibióticos, muchos pacientes se salvaron.
“Yo mantenía una comunicación casi a diario con mi familia, mediante el correo electrónico. Cada 21 días o una vez al mes, e incluso cada dos semanas, llamaba por teléfono, pero las llamadas eran muy caras. Siempre pensaba en mi familia, en mi esposa Sara y mi hija Adriana, antes de dar cualquier paso.
“Siempre pensaba en mi familia antes de dar cualquier paso.”
“Siempre pensaba en mi familia antes de dar cualquier paso.”

“También recibía el aliento de mis compañeros de trabajo del Hospital Mario Muñoz, que me escribían con frecuencia. Los periodistas de TV Colón grabaron un video en el hospital y me lo enviaron, lo que me hizo recibir el apoyo a miles de kilómetros de distancia.
“Anécdotas hay muchas. Nos provocaba mucha tristeza la pérdida de los pacientes. Los nativos, por su idiosincrasia, cuando se enferman y se sienten mal se acuestan en el suelo, no en la cama, y allí esperan la muerte. A veces fallecían atravesados en el suelo, por donde uno caminaba, y uno tenía que cruzarles por encima para caminar y atender a otros, hasta que vinieran a recoger el cadáver.
“El golpe más cruel resultó cuando el colaborador Reynaldo Villafranca, Coqui para nosotros, se enfermó de una malaria cerebral, conocida como paludismo. Empezó con mucha fiebre y lo perdimos en menos de una semana, sin que pudiéramos salvarlo.
“Tuvimos que enterrarlo allí. En medio del dolor, pensábamos en el sufrimiento de su familia y en las nuestras, que pudieran enfrentar el mismo luto en cualquier momento. Fueron jornadas muy intensas y desgarradoras. Colocamos su fotografía en una mesa y a diario poníamos flores y velas, hasta el día que regresamos. La foto retornó con nosotros, al igual que él vino espiritualmente.
“No sé si fue debido a esas calamidades, a que he visto la muerte tan de cerca, tan de cerca que la he palpado con mis propias manos, que allá decíamos irónicamente que la ‘saludábamos’ a diario y ‘jugábamos’ con ella.
“Algunos pacientes no se comunicaban mediante el inglés sino con su idioma nativo, pero a veces no eran necesarias las palabras, solamente con una mirada, o cuando nos sostenían la mano pidiéndonos que los salváramos, o el llanto de los niños, que me hacía pensar en mi hija.
“Eso te llena como cubano, porque te das cuenta de que nuestro trabajo era el correcto. Nos quitábamos incluso parte de nuestra comida en el hotel para llevarles, porque su alimentación era muy mala y no los abastecía para su recuperación. Todos pusimos un granito de arena.
“Momentos felices, sin dudas, ocurrían cuando esos mismos pacientes que llegaban al borde de la muerte, inconscientes, lograban reponerse. Su agradecimiento era sincero y elocuente.
“El día de la partida, los nacionales gritaban vivas a los cubanos, los trabajadores del hotel fueron hasta el aeropuerto a despedirnos, las caravanas de personas acudían a decirnos adiós, saludando nuestra la bandera. Fue una ocasión sensible.
“Arribamos a Cuba el 23 de marzo por el aeropuerto Juan Gualberto Gómez, en Varadero, a la 1:30 de la madrugada. Nos mantuvimos en cuarentena durante 21 días en Jagüey Grande. Las atenciones fueron máximas: muy buena alimentación y trato. El personal de enfermería y los médicos nos trataron como niños, con extremo cuidado.
“Allí tuvimos dos horas de encuentro fraternal con el Ministro de Salud Pública, quien compartió los elogios de los británicos y los norteamericanos. De cierta forma, donamos nuestro granito de arena para ayudar a mejorar las relaciones de Cuba con Estados Unidos.
“Al regresar a Colón, representantes del PCC, la UJC y otras organizaciones me recibieron en la casa de Mario Muñoz. Y cuando me acerco a mi casa, encuentro la cuadra cerrada completamente y un mar de personas esperándome.
“Esta es la primera vez que enfrento un escenario así, donde la gente quiere saludarme y tirarse fotos conmigo, como si yo fuera una persona importante. Me dice que soy un héroe, alguien grande, pero no me siento así.
“Nunca lo hicimos por remuneración monetaria, de eso ni siquiera se habló, sino de cumplir una misión. En ningún momento se habló de dinero, en ningún momento nos obligaron a ir. Acudimos voluntariamente y sin otro interés que la esencia de nuestra profesión: salvar vidas.
“Si se desatara otra vez una emergencia, acudiría nuevamente. Ahora me siento más capacitado para enfrentar la enfermedad, me siento más humano que nunca y más consciente; definitivamente, lo volvería a hacer.”

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