Historias

Girón | Ama y esclava


Girón | Ama y esclava.
Cansada, deja caer al suelo las jabas repletas de frutas, hortalizas y viandas. Esta tarde, preparará el ajiaco que tanto le gusta a Héctor. Busca la llave en su bolsillo y, tras un suspiro, empuja la puerta.
Hace muchos años, Dalia ejercía como ingeniera mecánica. Exitosa y competente, dirigía a los subordinados con esa mezcla de dulzura, sagacidad e instinto exclusiva de las damas. Al casarse, se prometió que ni el marido ni los niños por venir impedirían su desempeño.

Pero la maternidad y la atención al hogar se sumaron a sus responsabilidades, atentando contra el tiempo y la dedicación que le exigía su puesto de trabajo. El machismo solapado de un hombre celoso ante los triunfos y el salario superior, fue llenando la cotidianeidad de frases hirientes y egoístas, que limitaron su horizonte a cuatro paredes y un techo. Finalmente, se rindió ante las contradicciones y abandonó su centro laboral.

Hoy luce diez años mayor, atrapada en la rutina hogareña y consumida por las tareas domésticas que nadie quiso compartir. El concepto arcaico de que la mujer es -por obligación y no por decisión- ama y esclava de la casa, sustituyó su voluntad emprendedora y entusiasta. En los ojos, guarda la tristeza de quien dice adiós a un sueño.

¿Triste ficción o realidad común?

Siguiendo las tradiciones y convenciones de la cultura occidental, muchas aún eligen como ocupación principal atender la vivienda y emplearse, sin remuneración, en los quehaceres diarios, tales como cuidar a la prole, limpiar, lavar, elaborar alimentos, comprar víveres y otros artículos. Ellas resultan ejemplos de la abnegación y fortaleza del “sexo débil”.

En cambio otras, luego de escoger la senda de la realización laboral, se ven obligadas a renunciar a sus carreras por falta de apoyo de sus parejas. Ellos son cromañones que todavía no entienden que en la sociedad actual, en una Cuba que se esfuerza por la equidad de género, ser madre, esposa y trabajadora son roles perfectamente compatibles.

Despertar todos los días para asistir al trabajo o la escuela va más allá de los incentivos materiales: constituye un estímulo físico y moral. El establecimiento de relaciones de amistad y cooperación con los compañeros, las tareas en equipo, el orgullo de imponerse y cumplir metas, devienen pequeñas alegrías que endulzan la existencia con buen humor.

Además, aumenta la autoestima y la confianza, pues una fémina que se arregle en las mañanas, se sienta cómoda en un clima de respeto, comunicación, reconocimiento y desarrollo, que sepa manejar sus debilidades y potencialidades, podrá mirarse al espejo y creer en sí misma, amarse y amar a otros.

La actividad de la mente y el cuerpo mantiene en equilibrio la salud. Asimismo, el espacio de crecimiento espiritual permite que se reencuentre el matrimonio con ánimos renovados, impulsados desde la admiración recíproca. También, los éxitos modelan a las progenitoras como paradigmas frente a sus pequeños, para que no solo quieran “ser como papá”.

Sin feminismos extremos, la creación de una familia nunca puede significar un punto final en la vida profesional. Antes bien, representa el sustento feliz y armonioso para celebrar las victorias y aminorar los fracasos.

Ninguna debe permitir que la presión o la ausencia de ayuda por parte del cónyuge trunquen planes y propósitos. Más que derechos, es una cuestión de dignidad y respeto. La clave radica en acertar el equilibrio entre obligaciones y satisfacciones, para así, desdoblada en múltiples papeles de obrera, educadora, cocinera y otros tantos, inflamar de armonioso significado la palabra MUJER.

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