Historias·Internacional

Luces de América


El tiempo genera paradojas caprichosas y, sin darle créditos a la reencarnación, hay almas que guardan tanto en común que parecen una continuación de la otra.
Maceo y Che, dos estrellas, dos luces que alumbran la América.

Más que dos héroes: dos hombres, en toda la extensión viril de la palabra. El primero, mulato de sangre hirviente ante el yugo de su Patria, convocado por los ideales sublimes de una familia osada; el segundo, argentino enamorado de la libertad, máximo símbolo del altruismo latinoamericano.

Antonio Maceo y Grajales, santiaguero valiente de estirpe honrosa, nació el 14 de junio de 1845. Desde soldado, al incorporarse al alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, ascendió vertiginosamente en su carrera militar, hasta Mayor General.

Como a un semidiós, le apodaron “Titán de Bronce”; aquella increíble resistencia física parecía de otro mundo. Arrestado en el combate, astuto estratega, vigoroso, disciplinado y enérgico con sus subordinados, ese ser inmenso aun guardó espacio en su corazón independentista para su amada María Magdalena.

Forjó su imparable machete en el código de honor inculcado por doña Mariana. Elevó el calibre de la intransigencia revolucionaria con su Protesta de Baraguá. No se rindió, nunca: ni en las derrotas ante el enemigo invasor, ni en el exilio, ni siquiera cuando el racismo y la envidia pretendieron hacer mella en el espíritu mambí.

Murió con solo 51 años, colmados de ardor libertario y sin ver rotas las cadenas de su tierra natal. Tres décadas después y miles de kilómetros al sur del continente, en Rosario, nacía otro prócer, el 14 de junio de 1928. Más que el onomástico, compartían el amor a la verdad, a la justicia y a Cuba.

Con la vocación de solidaridad inherente a los médicos, que, en parte gracias a su singular ejemplo, se repite en insospechados rincones, empeñó su destino junto al de un pueblo dolido por la explotación y el sufrimiento, y este, en cambio, le acogió en su seno como uno de sus hijos. Su apelativo de “Che” lo tornó aún más querido y perpetuado.

Se entregó a la lucha, pero también a la construcción de una nueva sociedad, con la mira hacia un futuro luminoso. No hallaba reposo mientras en algún lugar persistiera el oprobio. Aquí y allá, su marcha guerrillera  aró la tierra para cultivar  protagonistas de la vida cotidiana, y su pensamiento de vanguardia fue la semilla para el hombre nuevo.

Hoy, miles de jóvenes lo llevan tatuado en la piel y el alma. Dicen que se ha vuelto un símbolo del mercado y del consumismo, porque las reproducciones de su imagen pululan en llaveros, pulóveres, viseras… Mas, si esa imagen de Korda, multiplicada hasta el infinito, deviene pretexto para compartir un paradigma, bienvenida sea.

Dos orígenes, dos épocas, dos guerras disímiles y con un fin común, la comunión entre ambos ratifica la cualidad cíclica de la Historia. Conquistadores del Occidente cubano con temple de acero, líderes innatos en la política y en el combate, desafiaron a la muerte y la vencieron, perpetuando su impronta.

Eternos ejemplos de ética y humildad, de compromiso y desinterés, seguro en su momento fueron tildados de locos… ¿Dónde estaríamos sin ellos? Gracias al tiempo, por esta bizarra coincidencia, que aunó en un mismo día el natalicio de dos estrellas, de dos luces que alumbran la América.

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