Historias·Matanzas

¿Y ahora quién tiene la razón?


Pobre calidad, precios altos y diseños poco atractivos en la tienda Princesa del Medio. Foto: Trabajadores
Pobre calidad, precios altos y diseños poco atractivos en la tienda Princesa del Medio. Foto: Trabajadores

Pocos días atrás presencié el espectáculo casi circense que implica realizar compras en la cadena de Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD): una señora había viajado desde Limonar al establecimiento La Reina, en la calle de Medio, para adquirir una mesita para teléfonos.

En el centro de una acumulación de muebles de todo tipo, casi inaccesible, estaba el producto anhelado. Se dirigió a una caja: “no es por aquí”; y a otra: “mira a ver si encuentras al muchacho…” ¿Sería un juego al escondite? Después de preguntarle a varios dependientes que deambulaban con y sin uniforme, se convenció de aguardar paciente.

Al rato, entró el joven, cargado con pomos de refresco gaseado. ¿Cómo no perdonarle la espera, si tenía que aprovechar el expendio en moneda nacional del mercado Ideal? ¡Pobrecito! Se dirigió a él y le pidió el utensilio. “No tengo.” “¿Cómo?” “Todas están rotas.” “¿Y esta?” “Esa también, le falta una pieza”.

¿Por qué tendría en exhibición un artículo defectuoso, sin perspectivas de rebaja ni aviso alguno que impidiera la expectación en el público? “No lo puedo quitar, por si acaso me entran más; tampoco disminuir su valor, porque esa decisión le corresponde, luego de un profundo análisis, al especialista comercial”, respondieron en su voz la burocracia, la apatía y el irrespeto por el comprador.

Sin más explicaciones, pues claro, quién sería ella para reclamárselas, siguió su camino. Y allí quedó la dama, descorazonada, sin su objeto, pero con el dinero en la mano, un recurso que bien podía haber ingresado en las arcas del Estado y revertirse hacia el pueblo.

No son pocos los que preferimos acudir a los vendedores particulares, con o sin licencia, para obtener determinados bienes o servicios. Allí, la sonrisa afable y el trato cordial no responden simplemente a un salario mayor –en ocasiones, incluso comparable al de un trabajador gubernamental- sino a una más inteligente y moderna concepción de negocio, marketing y cliente.

Hace algunas semanas los colegas de Cuba Dice, espacio periodístico del Noticiero Estelar, pretendían descubrir el agua tibia cuando, tras una comparación entre las ofertas gastronómicas pertenecientes al Estado y a los cuentapropistas, los entrevistados preferían estos últimos, sin importar el costo.

Pese a los gravámenes, la carencia de insumos, la inexistencia del tan prometido mercado mayorista para las materias primas y la morosidad jurídica y administrativa para aprobar, por ejemplo, los proyectos de cooperativas no agropecuarias, el sector privado encanta por la excelencia. ¿Por qué es tan difícil trasladar ese éxito de una forma económica a otra?

No podemos hablar de un problema de contenido y no de forma, pues aun el tradicional placer –tanto femenino como masculino- de recorrer la calle de Medio, admirando las nuevas mercancías, contrastando precios y distinguiendo calidad, se ha opacado.

Ante el ausente instinto estético, las tiendas se han convertido en almacenes, amontonando cajas y artefactos en las zonas destinadas a la exhibición de los enseres o al propio tránsito personal. Si no me cree, intente encontrar algún equipo específico en el departamento de electrodomésticos del centro Variedades, perteneciente a la cadena Cimex.

En vano titilan desde las vidrieras las luces navideñas, invitando a entrar a donde falta el calor humano. Inútiles son las justificaciones que achacan la disminución en las ventas a la competencia de los cuentapropistas y las ilegalidades. Aquella archiconocida consigna de “el cliente siempre tiene la razón” no se volvió eficaz por el ritmo o la gracia de la frase, sino por el compromiso de poner siempre primero a ese, la razón de ser de todo ejercicio comercial.

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