Historias·Matanzas

Ella, un soplo de amor


Con su voz dulce y cálida me narra despacio sus vivencias. Mientras, me la imagino ante un paciente, auscultando sus problemas y calmando sus pesares. Tal parece que pudiera borrar las barreras de cultura, idioma y bandera con su capacidad innata para amar.

Desde los ocho años empezó su relación idílica con la Medicina, curando a las muñecas como haría con sus futuros dolientes. No contó con figuras de médicos en la familia que la inspiraran; sin embargo, su mayor paradigma fue su mamá, siempre dispuesta a hacer el bien.

Si bien resulta imposible concebir a un galeno carente de generosidad y entrega, los laureles se multiplican ante quienes, como la doctora Miglán Finlay Domínguez, cruzan mares para ejercer esas virtudes fuera de casa. Sin llegar aun a su medio siglo de vida, atesora una amplia experiencia internacionalista, donde el altruismo ha sido su motor impulsor.

Casi recién llegada de su último viaje, esta matancera, especialista en Medicina General Integral, rememora sus quince años al servicio de otras patrias. Su primer desafío comenzó a las puertas del nuevo milenio, cuando en el año 2000 partió de misión a la República de Ghana.

“Allí, durante dos años, recibí una hermosa y desgarradora lección de vida, en lo personal y lo profesional. En el continente africano hay mucha pobreza y diversas enfermedades, sobre todo transmisibles, que solo conocíamos por los libros.

“El hecho de ver a niños y adultos vivir en esa miseria extrema, y morir de padecimientos que en Cuba fueron erradicados hace mucho, me impulsó a apreciar lo que tenemos aquí, a valorar la familia, el trabajo, la espiritualidad de nuestro pueblo.

“Me tocó trabajar en la selva, en un pequeño hospital construido por la Unicef, donde trabajábamos un ghanés y dos cubanos. Conocí personas que nunca se habían puesto zapatos y que no sabían qué era la televisión. Sin embargo, a pesar de la realidad desgarradora y triste, nuestro aporte contribuyó significativamente a mejorar su calidad de vida.

“Un año después de mi regreso, en 2003, nos convoca Fidel para la encomienda de Venezuela, que sería muy distinta a la de Ghana. El Comandante nos despidió personalmente -lo cual me llenó de orgullo- y nos explicó la situación que encontraríamos allá: las características económicas, políticas e identitarias, así como la importancia social de nuestra función.

Allá permaneció siete años, presenciando varias etapas de Barrio Adentro. “Primero estuve ubicada en Caracas, en un consultorio llamado Cañonera Alta, en la cima de un cerro. Participamos en una época de transformaciones.

“Al principio los antichavistas nos despreciaban y desprestigiaban nuestra labor. Pero todos necesitan, en algún momento de su vida, atención. Así, a la medida que nos fueron conociendo y juzgando la efectividad de nuestros diagnósticos, creyeron en nuestro actuar, nos respetaron e, incluso, nos quisieron.

“Tratamos de estabilizar la mortalidad infantil, de eliminar la materna y el riesgo preconcepcional, y por supuesto, ofrecerles educación sanitaria. Les mostramos una medicina a la que no estaban acostumbrados: la familiar, contar con un médico cercano, que orienta paso a paso un tratamiento no farmacológico. Además, comenzamos a regularle los regímenes que tenían con los privados.

“Después comenzó el programa de Medicina Integral Comunitaria para formar doctores. Dentro de la brigada, me asignaron el reto de estar al frente de la docencia. Primero, tuvimos que hacer una nivelación de 12 grado con estudiantes de diferentes edades y preparación. Entonces nos convertimos en maestros, no solo de nuestra carrera, sino de Matemática, Español, Química…

“Había alumnos que provenían de la calle, unos con una base educacional y otros con antecedentes de delincuencia, pero querían integrarse al proceso. Por supuesto, nuestro objetivo era instituir valores.

“Se graduaron 20 muchachos, que supieron el significado del sacrificio, del estudio en las madrugadas, de compartir el tiempo con uno o dos trabajos más la atención a la familia. Hoy son excelentes profesionales. Aun me comunico con ellos. Todos se quedaron trabajando en Barrio Adentro para el pueblo, lo cual me satisface muchísimo.

“Participamos en muchos proyectos, donde nos volvíamos constructores o mecánicos para instalar los equipos. De gran impacto resultaron las salas de rehabilitación, los centros de diagnóstico integral y los salones de operaciones, porque podíamos definir y curar afecciones mucho mejor a través de la tecnología.

Apenas dos años después de su regreso, cambia tierras continentales por el Caribe insular; parte a Antigua y Barbuda a finales de 2012. “Una experiencia agotadora, pues trabajaba con pocos recursos. Como predomina el sector particular, los antiguanos no tienen cultura médica. Padecen enfermedades crónicas no transmisibles: obesidad, sedentarismo, hipertensión arterial severa, diabetes mellitus, muy mal tratadas.

“Sin perjudicar la ética de los demás especialistas, intentamos reducir las severas complicaciones de este tipo de dolencias y a la vez, educarlos, cambiar estilos de vida y fomentar hábitos higiénico sanitarios. La población, durante los tres años que estuvimos allí, hasta el último diciembre, sentía que la medicina nuestra es muy humanitaria.

“También enfrenté dificultades extremas. El transporte para entrar y salir de la isla de Barbuda, donde fui asignada, cesa a las cuatro y media de la tarde y durante las festividades. En la primera Navidad que pasé, se sumaron varios casos graves en mi clínica: fractura de clavícula, infarto cerebral, un politraumatizado, apendicitis y una posible pancreatitis.

“Sin avión ni barco, sin el equipamiento para emergencias, rayos X, tomografías ni terapia intensiva, estuvimos esperando un día y medio. Por fortuna, uno de los tres hoteles de Barbuda tenía una avioneta propia para traer a sus clientes. Hablé con el gerente, quien tenía mucha confianza en la medicina cubana y gentilmente me la prestó. Recibieron el mejor tratamiento en el hospital central, en Antigua. Ninguno presentó complicaciones.

Para Miglán, los rostros agradecidos de los pacientes y el orgullo de su familia son los mejores recuerdos. “Quienes no están integrados a la Revolución, se sorprenden de que siempre vuelva a Cuba. Yo sí regreso, me siento bien aquí. No soy materialista. Afuera existen muchos bienes deslumbrantes, pero las personas no quieren a las personas, sino a las cosas, y, sobre todo, no tienen tiempo de quererse.” Y ella, definitivamente, es un soplo de amor al prójimo.

 

 ¿Te gustan estas entrevistas? Mira más este 14 de febrero!!!

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