Matanzas

Alabado seas


Todos los días viene a la misma cafetería. Desliza un peso arrugado sobre el mostrador y espera su café. Levanta la tacita humeante sin temblarle el pulso, a pesar de las arrugas y el andar cansado. Lo huele y lo degusta poco a poco: es todo un señor. No sé a qué se dedica ni de dónde viene, y creo que tampoco querría saberlo. Me conformo con la admiración que me despiertan el brillo misterioso de sus ojos y el arcaico trato de usted con que responde al saludo.

Reconozco de lejos su ropa desteñida: las chancletas demasiado anchas, el pantalón marrón y la gabardina raída que algún día fue negra y hoy le cuelga sobre los hombros, reminiscencia del joven gallardo que llenaba sus costuras.

Nunca apesta, aunque lo he visto en locas compañías tirado sobre el cemento frío del portal neoclásico del edificio Vigía. Pero confío en su cordura como en los pocos cabellos grises que disimulan su calvicie. Es de esos hombres que nacen para guiar, aconsejar, proteger…

Me gustan su lenta dignidad y sus enigmas; me gustan su sonrisa y su nombre de hijo de Dios. Y algún día, no muy lejano, le pediré una entrevista como se le pide a un santo, y les contaré su historia.

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