Matanzas

La “reguetonera”


Cuando tecleé este título, mi procesador de textos enseguida me subrayó con su zigzag rojo. ¿Qué puedo hacer? Por supuesto que está mal escrito, es una palabra que acabo de inventar, posiblemente. Si existiera algún concepto relativo en las arcas de la Real Academia de la Lengua Española, definitivamente yo no estaría escribiendo estas líneas.

La música es parte de la idiosincrasia del cubano, aunque moleste. Desde hace par de décadas, la exhibición del equipo de música de la sala de la casa, los dispositivos portátiles con bocina incluida y hasta las fiestas a calle cerrada son una vara de especulación sobre el poder adquisitivo de los dueños.

¿Y a quién le importará eso? Me dirán ustedes. A los vecinos, por supuesto. La ausencia de reglamentaciones legales acerca de la reproducción de música, tales como volumen y horarios para disfrutarla, ha abierto un amplio diapasón de libertades que sorprenderán a los visitantes extranjeros, sobre todo si provienen de ciudades en las que es limitado, incluso, el volumen de la radio en el automóvil.

Yo entiendo que lo de nosotros los cubanos es “gozadera” –y vuelve el programa a subrayarme el error- pero el desorden y el irrespeto no me parecen tan divertidos.

Pero el famoso título de este post viene por un fenómeno relativamente reciente. ¿Recuerdan cuando se popularizó el reggae, que uno de sus símbolos icónicos era el muchacho de camisa floreada con una gigantesca grabadora al hombro? Bueno, pues les cuento que una moda similar la traen en Cuba… ¡las niñas!

Muchachitas de entre doce y quince años, a veces más, salen de la Secundaria Básica con reproductores de sonido de diferentes marcas y tamaños, pero mientras más escandalosos, mejor. Ninguna está repasando las lecciones de clases ni escuchando baladas de rock de los 90. ¿Qué se imaginan ustedes que están coreando?

“Mami, a mí lo que me sobra es el billete”, “pa´ que la goces, pa´ que la disfrutes”, “yo lo que quiero contigo es ***, perra”, y estribillos similares son los repetidos a toda voz, como quien canta un Ave María.

Y ojo, ni siquiera se atrevan a acusarme de sexista, por señalar a las chicas en esa actitud. La verdad, me molestaría la grosería de las letras si fueran varones, ancianos de 80 años o los mismísimos cantantes de reguetón.

Tampoco tiene que ver con el reguetón como género. Ojalá en la vida se pudiera generalizar, pero quiero pensar que las malas son las excepciones.

Lamentablemente, esas malas son las que trascienden. Da igual si el background del tema es copiado de artistas más famosos, o si la lírica exuda una competencia violenta y vulgar. Pasan por populares, y a los jóvenes les encanta lo popular.

Y ahora, encima de todo, ¡las mujeres! Mi madre siempre dice que las groserías son el doble de apestosas cuando las repite una dama. A mí me parece que es verdad. Si me estoy volviendo vieja, por favor, avísenme.

No tengo hij@s, pero definitivamente no me gustaría escucharl@s con ciertas frases en la boca. El maltrato físico y verbal a la mujer, la exaltación a los atributos masculinos, el machismo, la especulación, las malas palabras, la glorificación de la vida criminal, la opresión a los semejantes, van tan al extremo de lo que debería ser un hombre o una mujer de bien, que deberíamos combatirlos, no admirarlos.

Ni el posmodernismo ni la contemporaneidad ni el realismo sucio son culpables de lo impuesto por la fama. Pero los padres sí son culpables del comportamiento de sus hijos, pues son los educadores y los proveedores.

Sin embargo, no pido mucho. Odiaría volver a ver a dos adolescentes empujándose al ritmo de falsos íconos, y, sobre todo, que el corrector de mi Word deje de señalar como irreconocible al sustantivo que da título a este comentario.

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