Historias

Ámame como soy, o al menos…


Detesto las cursilerías. Desde niña. Y si algo es demasiado ridículo, como este mismo texto, se me erizan los vellos de los brazos, de las piernas o de la mejilla derecha. No sé si a alguien más le sucede lo mismo, pero a mí, me gana la vergüenza ajena.
Tampoco me gusta la exaltación excesiva de sentimientos, personas o personajes. La vida me ha enseñado que nadie merece la admiración absoluta, aunque sí el cariño. Mas cuando escucho o leo una sarta de epítetos, merecidos o no, cierro la tapa del libro o de la laptop y me largo a fregar trastes.
La verdad, la verdad, no soy lo bastante romántica como para escribir sin parar acerca del metadato más buscado en la red: amor. Pienso y rebusco las palabras, intento aunar todas las fuerzas de mi elocuencia y mis habilidades periodísticas, pero ni modo. Ya no soy una adolescente enamorada.
La vida te va volviendo pesimista en cierto modo. Esa energía pasional de los 10+ años, va quedando atrás cuando se acercan los “ta”. Encima de todo, el propio desarrollo de la historia universal y personal, me anda carcomiendo la fe en la humanidad y en el prójimo más cercano.
Sin embargo, hoy rebusco en mi alma para escribir una crónica romántica. Si, como te confesé, odio las afectaciones, me venció el asco que me han provocado en estos días las noticias sobre agresiones de hermano a hermano; los pronunciamientos racistas y xenófobos; y el egoísmo dilatado del propio sistema imperante.
Ahora me acuerdo de aquel estribillo de Red Hot Chili Peppers, “Where is the love?” En la oscuridad de las discotecas, el público coreó durante años los versos, pero no creo que ni los dj ni los jóvenes que chapurreaban las palabras en inglés, acogieran todo el calor de aquella indagación.
Y yo la repito: ¿dónde está el amor? Parece que se ha quedado en las postalitas doradas de felicitación por el 14 de Febrero. Y ni siquiera me interesa hablar – o escribir- del que se siente hacia la pareja. Ese viene y va, arrastrado por las cadenas del deseo carnal, y bendecido por el tiempo cuando las carnes mismas dejan atrás la belleza.
Tampoco cuestiono el amor familiar. La madre, el padre, los hijos -y aquí incluyo a los amigos, la “familia elegida”- son los cariños más nobles y verdaderos, aunque igualmente posible víctima de traiciones y vejaciones, en los peores y tristes casos.
Mas insisto, el que me parece más en peligro de extinción es el que debería ser más general e innato: el amor a nuestra propia especie. Vivimos en un mundo que destruimos todos los días, trabajamos con personas a las que humillamos y maltratamos con acciones y palabras…
Esa actitud solo me inspira lástima. Quien esté vacío, merece que le llenemos de amor. Entonces, este 14 de Febrero, encendamos una vela tú y yo, para convocar a los tristes, a los desesperanzados y a los que solo ven gris; una vela para el amor a nosotros mismos.

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