Matanzas

Serie CURVAS PELIGROSAS (Capítulo II)


Capítulo II

“¿Quieres encontrar el amor?  ¿Crees que estás lista para enamorarte en esta aventura?” la banalidad que destilaba el anuncio en la tele le provocó una sonrisa espontánea. Al menos, lograba reír después de un día tan largo.

Su jefe, herido en su orgullo por los continuos rechazos a sus insinuaciones lascivas, la había cargado con trabajo extra, a sabiendas de que tendría que terminarlo en casa. Por si fuera poco, al término de cuatro pisos de escaleras, cuando logró liberar dos dedos de entre las jabas de la compra y el portafolio cargado de papeles para abrir la puerta, encontró el reguero colosal – y habitual – en su pequeño apartamento.

Aún estaba recogiendo los juguetes de Marian. Y las partes de estos. Porque su niña carecía de compasión por el prójimo: destripaba las muñecas de trapo y arrancaba los brazos a los soldados de plástico. Si tuviera tres años, Lily podía culpar a una crisis de personalidad, o quizás, a un juego de roles. Pero el afán de destrucción de su hija no provenía de la curiosidad o la ingenuidad infantil; por el contrario, en su rostro se dibujaba el placer del daño y el desahogo de su rabia interior.

Aunque nunca se hubiese licenciado en Psicología, con su solo instinto maternal hubiera podido entender su parte de culpa en el carácter de su único retoño. Estaba segura de que cualquier infante, sometido a similar situación, reaccionaría igual. Bajo esta premisa, le permitía hechos y deshechos. La exclusiva posibilidad de disciplina recaía en sus manos, pero no lo consideraba necesario. Bastante había sufrido ya, la pobrecita.

Su concepción fue resultado de un amor adolescente y fugaz. Por supuesto, el padre reaccionó con mayor pánico y negación que ella misma, la que sufriría la metamorfosis en el cuerpo propio. Nunca más supo de él. A pesar de la decepción que causó en su familia, de fe cristiana, no le permitieron abortar. Sería madre soltera, mas no asesina.

Con su bebé en brazos matriculó la carrera de Enfermería. Sus padres la ayudarían con la economía, así que el miedo al desamparo no la frenaría en la educación de su pequeña. Sin embargo, su corazón de joven, romántico y testarudo como siempre había sido, estaba sediento de amor, de otro tipo de amor.

Una mañana de noviembre, recién comenzado el curso, su clase fue convocada para un estudio masivo de población. Trabajarían de conjunto con un grupo de preparatoria para Psicología General, en base a los conocimientos sociológicos comunes.

Lily se consideraba de inteligencia promedio, pero las encuestas elaboradas por los muchachitos de aquel colectivo excedían su entendimiento. Aplicarlas ya suponía un problema, por no calcular los riesgos de error en una tabulación tan compleja. Su orgullo le impedía rogar por ayuda; eso sería denigrante para una mujer que supo traer una hija al mundo completamente sola, o casi.

Llegó el momento de conformar las parejas de trabajo. Uno de cada grupo, propiciando la cooperación, habían sugerido los profes. El cuestionario dejó de ser su objeto de interés y levantó la vista con curiosidad. Ni siquiera se había fijado antes en aquellos jóvenes. Pero uno de ellos sí la había notado a ella.

Fingiendo una inocente intención de asistencia, Andrés le pidió ser su compañero. La delicadeza de su solicitud la hizo sentirse en un baile de la corte española de un par de siglos atrás, y solo faltaban las respectivas reverencias. Pero no se atrevería a reírse de él. De hecho, despertó en su corazón una pronta admiración que dilató sus pupilas y aceleró su respiración.

¡Qué tipazo! Trigueño, 1.90 metros, ojos oscuros y sonrisa arrolladora. Además, inteligente, elegante en el vestir, adinerado, bromista, conversador… evidentemente, el líder del grupo. Que alguien así la destacara con sus atenciones, le placía bastante. Se sabía la envidia de algunas, aunque en realidad, aún no había formado en su propia clase los vínculos de amistad que estimulan la compasión por el dolor ajeno. En otras palabras, que poco le importaba.

De aquella investigación ni siquiera recuerda los resultados, pero sí lo que de ella surgió. En una semana, ya eran novios, y en dos, Lily había abandonado sus estudios de Enfermería por los de su enamorado, incorporándose a una especialidad que solo le había impresionado por ser la de Andrés.

Él se convirtió en su maestro y su amor. Durante cuatro años de estudio, compartieron libros y cama, sexo y teorías, tareas de clases y del hogar. Era un hombre dominante, mas ella se sentía feliz a su sombra. Adoraba plancharle sus camisas tanto como a su propia figura. Con él no le faltaba nada, y menos a su niña.

Marian sintió en los brazos de Andrés el calor de un padre, la condescendencia de una madre y la ternura de un hermano mayor. Jamás se atrevió a disciplinarla, y en esto los abuelos incidieron con fuerza: la educación de su nieta no podía estar en manos de un extraño. Ellos, por su parte, se desvivían en mimos y regalos para garantizar su atención. Lily estaba en el medio de la tensa cuerda, y quería dar la razón a los dos extremos por igual. Mientras, su hija crecía en la mayor malcriadez e indolencia.

Una excelente oportunidad de trabajo impulsó a Andrés a buscar apartamento al otro extremo del mapa. Por supuesto, Lily y Marian vendrían con él. Crearían una familia los tres, y quizás, si la economía hogareña crecía, serían cuatro. El colmo de la felicidad solo fue lacerado por el espanto de Antonio y María, que se negaron rotundamente a aceptar que su hija y su nieta se mudaran tan lejos. Solo con la promesa de un pronto casamiento para anular el pecado – tantas veces concebido – las vieron partir.

Fue la mejor época de su vida. Junto a los dos seres que más amaba, su ilusión tejió planes y marcó fechas en el calendario. En el trabajo, él era cada vez más exitoso, ella mejoraba como ama de casa y su hija parecía finalmente resignarse al cambio de vecindad. Porque, aunque nunca tuvo muchas amiguitas que extrañar en el barrio, la lejanía de sus abuelos la abatía terriblemente.

Cada vez que perdía algo – desde una golosina hasta una muñeca – reaccionaba con emociones coléricas. Según sus cálculos de psicólogos, esta era la más normal respuesta ante un entorno agresivo, cambiante, en el que debía aferrarse a elementos materiales para establecer su propio y frágil equilibrio. Además, su temor a la pérdida resultaba una lógica consecuencia directa de la certeza de que su padre biológico nunca la quiso. En conclusión, los berrinches de la niña les provocaban lástima.

Ni un intento de mano fuerte trascendió. Tan solo levantarle la voz provocaba en ella llantos irreprimibles que únicamente paraban con algún obsequio. Probaron varias técnicas, hasta que la ignorancia de su sufrimiento demostró ser el remedio a sus quejas. Así, habían conseguido que se apaciguara, y formulaban esperanzas en cuanto a un mejor desempeño escolar.

Pero esas expectativas se esfumaron no bien transcurrió el primer año de convivencia. El excelente desempeño de Andrés despertó las ambiciones de sus superiores, quienes lo eligieron para abrir una nueva sucursal de la firma, en América. Con doce meses de trabajo constante bastaría para asegurar el local, formar a los directivos y asegurar unos cuantos clientes substanciales que garantizarían el presupuesto de los siguientes cinco años. Una bicoca para un hombre como él.

Aunque la pareja jamás dudó sobre la estabilidad y firmeza de su amor, sí les preocupó con la noticia el retraso de todos sus designios. Además, a ello se unió el temor sobre el bienestar emocional de la niña. Pero un año pasaría pronto.

Un día resolvió visitarlo. Si fue la mejor o la peor decisión de su vida, aun no lo puede decir, pero en una noche lo pensó y a la mañana siguiente estaba empacando su ropa. Su vecina cuidaría a Marian y le daría una vuelta al piso. Sus padres le prestarían el dinero del pasaje. Todo estaba determinado.

De allí volvió vacía. Lo había visto, feliz, admirado, en la cúspide de su ejercicio profesional, disfrutando de las bellezas del paisaje… y del sabor latino de otras pieles. No amaba a ninguna, eso sí le creyó; tampoco era una certeza reconfortante. Él intentaba explicarle, pero en ningún momento hubo arrepentimiento, solo justificaciones machistas sobre la distancia y la soledad.

En el avión de regreso, su corazón estrujado apartó las preguntas, las dudas, el miedo, la contrición y hasta el odio. Cerró el capítulo y con él, el libro mismo. Los hombres no le habían asentado bien, como una cena en descomposición. Realmente, eran material putrefacto. Nadie más que Marian merecía su completa atención.

“Él no busca solo una esposa: quiere una familia. ¿Quién será la afortunada que encantará su corazón? No te engañes, es el amor que toca a tu puerta: tu segunda oportunidad para amar.” El spot volvía a colarse en las transmisiones.

“Tu segunda oportunidad para amar”, repitió Lily. Se sentó en el sofá manchado de leche y chocolate, haciendo hueco entre pedazos de muñecas y libros escolares. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, mientras la rueda de comerciales de cremas, cereales, lavadoras y concursos de cocina comenzaba otra vez, llenando el silencio de su cansancio.

Quizás había pasado demasiado tiempo sola. La ilusión del romance podría devolverle la alegría. El dinerito extra no le vendría nada mal. Por lo menos, le pagarían mucho más que en su trabajo, con la adición de que no vería a su jefe acosador en dos o tres meses. Marian siempre quiso actuar en televisión, y a ella misma no le disgustaban las cámaras. Sería divertido. ¿Por qué no?

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