Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IV)


Capítulo IV

Acaricia el frío de la ventanilla, como si quisiera arrancar los pedacitos de escarcha atrapados entre los cristales. La humedad de sus dedos deja huellas sobre la superficie impoluta y transparente, y, aunque nadie la puede ver desde el otro lado del mar, escribe su nombre, como si fuera su última vez.

Yanet se entrega a su tristeza, a su soledad y a su miedo. Siempre fue una mujer valiente, pero después de tantos años, no esperaba tener que recomenzar de cero. En realidad, odiaba hasta esa misma expresión. Su vida había sido tan estable, tan común y tan… aburrida, que en ella no había espacio para la novedad, ni el desasosiego, ni la ilusión.

Lo peor era el arrepentimiento. Día tras día, se había levantado de la misma cama al lado de la misma persona, incapaz de atreverse a trastornar el equilibrio de su frágil existencia. Noche tras noche, se había ido a dormir en el exacto lugar, en el impermutable borde izquierdo del colchón, buscando la ternura extraviada en el abrazo del edredón.

Una década entera creyó ser feliz. Por supuesto, al principio cada atardecer traía consigo la sorpresa del rencuentro, la confianza de la intimidad paso a paso descubierta y compartida, los detalles y los cariños. Dejar atrás la inestabilidad de su propio pretérito por la luz prometedora de un futuro juntos, era suficiente razón para dar gracias al cielo y a las estrellas.

El matrimonio de sus padres jamás devino modelo de felicidad conyugal. Nunca separados, siempre discutiendo, habían perdido el respeto mutuo y habían hundido la pasión, si alguna vez la lograron. El pretexto de la niña les bastaba para justificar su pereza en encontrar una solución civilizada a sus problemas. Ella, en su espíritu infantil, se prometió encontrar su príncipe azul, y con él, la armonía perfecta del amor.

El sueño del caballero quedó relegado a las ensoñaciones que despertaba la lectura de sus novelas, porque la vida real pronto explotó todas sus burbujas. Decepción tras decepción, entendió que ningún hombre merecía cabalmente el corazón de una mujer, y que, si se proponía alcanzar la prosperidad con alguno, debía sacrificar ideales e idealizaciones.

Hallar a Daniel fue abrupto, inesperado. A los veinte años, estaba en la cima de su despreocupación, de sus diversiones desvergonzadas y de sus fiestas de madrugada completa. Nunca pensó que, con él, pasaría de un rato; luego, de una semana, de unos pocos meses…

Era un buen tipo. Se merecía su atención, primeramente, y después, lo mejor de sus sentimientos. Además, la amaba. Aunque nunca aprendió a demostrarlo en público, e incluso su trato delante de otros estaba lleno de órdenes ásperas e indelicadezas, ella podía comprenderlo y perdonarlo. Él sí venía de una familia unida, en apariencia, aunque el machismo del padre era altamente contagioso y la debilidad de la madre, que nunca lo enfrentó, la convertía en la perfecta sirvienta. Y, a pesar del cuadro desconsolador, Yanet vivía convencida de que él nunca llegaría a peores extremos.

Por complacerlo, se distanció de sus compañías, buenas o malas, y se centró en la nueva relación. La etapa del noviazgo, con todas sus dulzuras y cursilerías, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Por facilidad, y hasta por la seguridad de ser uno para el otro, consintió en vivir juntos. Renunciando a las comodidades de su propio techo, al calor de su familia y a la cercanía de sus amistades, se mudó a la casa de Daniel o, mejor dicho, a la de sus padres. La paz en su interior le aconsejaba que ese era el camino correcto.

El recibimiento fue, en apariencia, cordial, y en el fondo, afectado e hipócrita. La vergüenza le atizaba las orejas y solo anhelaba esconderse dentro de sus propias maletas, hasta que dejaran de mirarla. Hubiera duplicado su valor si él hubiese permanecido a su lado, si hubiese defendido su deseo o su derecho de que ella habitara allí, en vez de dejar su moral a las suspicaces conclusiones de sus parientes políticos; mas, nunca estaba en los momentos importantes.

Esa falta de lealtad, de apoyo incondicional a sus causas más tontas y a las más nobles; la burla a sus metas profesionales hasta desestimar el ejercicio de su carrera; y la subvaloración de su inteligencia e instintos, la descorazonaban hasta la depresión.

Había otras cosas que tampoco le gustaban: tardaba meses en cortarse las uñas de manos; en la casa solo servía para ensuciar, desordenar y romper, y no conservaba el mínimo respeto por los objetos de su pareja. Pero, ¿quién es perfecto? Ella misma, no encontraría jamás otro hombre que tolerara sus nerviosismos, su poco arte en la cocina o las hebras de su pelo rubio regadas por el piso del cuarto. Así que se sintió satisfecha e, incluso, orgullosa de haber encontrado a tiempo al hombre de su vida.

Justo cuando los momentos de miseria superaban en frecuencia e intensidad a los de alegría, recibió la más anhelada sorpresa de su vida. Aunque los médicos no lograban identificar el sexo en los ultrasonidos, ella había elegido el nombre de Melissa. Daniel la inscribió con una sola “s”, pero, hasta eso era capaz de perdonarle dentro de la inmensa alegría de sostener a su bebé entre los brazos.

Yanet descubrió la verdad del amor sincero en la mirada límpida de su pequeña. No se le escapó una sonrisa, un apretón de manos, un pasito de su minúsculo cuerpo. Obvió las llegadas tardes del padre y las justificó ciegamente con su decadente carrera de pelotero. Subsanó la distancia entre los dos con los juegos inocentes de su criatura. Ignoró las llamadas telefónicas a altas horas, cubriéndolas con su preocupación por el desvelo de su hija.

Si alguien quiso darle una señal, ella prefirió no ver ni escuchar. En realidad, entendía que, si ella podía ser tan feliz, él también. Melissa, alegre y cariñosa, era una bendición; al menos, así debía ser por lógica natural. Su niña constituía un milagro y su mayor logro, por encima de superar el enrollamiento en el cuello del cordón umbilical, las crisis de gastroenteritis y las complicaciones del sobrepeso infantil, debía ser mantener unidos a sus padres.

Por eso se sorprendió la noche en que esperó a Daniel, en vano. Nunca los entrenamientos se habían extendido tanto como para que él no llegara a casa. Su teléfono estaba apagado. La imaginación le sugirió varias explicaciones, pero ella no las atendió. De hecho, sentía una especie de alivio inexplicable, solo frenado por el temor a las preguntas de Melissa.

A la mañana siguiente, recogió unas pocas prendas y preparó las maletas de ella y su hija. “Vamos a visitar a abuela mami”. Nunca más supo de él.

Miró a su izquierda y acarició los bucles dorados de su pequeña, dormida sobre su regazo como una princesa en su trono. La arropó con la manta gris, marcada con la insignia de la aerolínea, y le susurró: “tampoco lo necesitamos”.

En realidad, después que nació Melissa, Yanet no requería a Daniel para su felicidad. Luego de que se marchó, ocupó su lugar fácilmente con todo el amor de madre que desbordaba su corazón. Si se fue con otra, si se marchó por cansancio, si alguna vez regresó al hogar de sus padres, no eran preguntas que frecuentaran su mente. Y como nunca se dignó a procurar un espacio en la ternura de su hija, como tampoco intentó que los abuelos paternos se acercaran a la nieta, ella ni se molestaba en hablarle a su pequeña de aquellos tres seres que tan rápidamente habían elegido quedar en el pasado.

Ahora su preocupación radicaba en sus dificultades económicas. Con la pérdida de sus padres, había desaparecido su sostén financiero, y una madre soltera, en un país tercermundista, no la pasa bien. Su tía gallega la había invitado a España. Le ayudaría con los gastos del pasaje y los primeros meses, pero no mucho más que eso. En cuestiones de dinero, la sangre se diluye en agua.

La mitad de su desasosiego nacía de la incertidumbre de su paradero y trabajo en la península. La otra mitad, de un plan desesperado que había urdido, tras tropezarse con una página web de una cadena de televisión española, mientras buscaba en internet “cómo hacerse millonario en España”. Hablaba de un concurso para enamorar a un hombre, un hombre rico, que quería una mujer con una niña.

Esa era ella. Tenía que ser. ¿Enamorar a un hombre? ¿A estas alturas? Su locura y su cordura se daban cabezazos dentro de su mente, de la misma forma que Yanet deseaba hacerlo contra el cristal de la ventanilla. ¡Empezar de nuevo, después de haber perdido tanto tiempo con un hombre, cuando ya había dicho adiós a toda montaña rusa de emociones!

La tentación del dinero fácil la había convencido de apuntarse. Llamaría a su tía para asegurarle su feliz arribo, y de inmediato partiría hacia los estudios de grabación. Habría eliminatorias primero, pero no supondrían ningún problema para ella. Yanet seguía siendo una mujer valiente.

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