Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo VI)


Capítulo VI

– Mami…

– Dime, tesoro.

– Siéntate, por favor, me gustaría hablar contigo.

Entre Caridad y Elizabeth, “los pájaros le tiran a la escopeta”, como decía un refrán de su tierra. Lizzy cuidaba a su madre, se ocupaba de las tareas del hogar, se preocupaba por su cabello, su ropa, su maquillaje y hasta por lavarle la ropa interior. Así era desde sus nueve años, y ahora, superando los catorce, se sentía mucho más responsable por su bienestar.

Era su forma de pagarle todos los sacrificios que Caridad había hecho por ella. Sin necesidad de comparar el desempeño de su progenitora con el de otras, la niña podía percibir que su ternura superaba lo común.

Desde su nacimiento, Cari había dedicado todos los alientos a su felicidad, subordinando la suya, relegándola a un segundo plano. Años de resistencia junto a un esposo que no amaba, solo por conservar su protección de padre; soledad y trabajo durante la viudez; y matrimonio con un catalán para emigrar y encontrar la paz dentro de las fronteras españolas, no significaban penas frente a una sola lágrima de su “bebé”.

Lizzy podía comprender y casi agradecer aquel amor tan obsesivo. Al menos, sabía cómo corresponderlo. La atendía, la escuchaba, tranquilizaba sus miedos y nerviosismos. Siempre le buscaba un pasatiempo o la hacía narrarle sus recuerdos, para estimular su mente. Le contaba sus propias experiencias, aceptaba sus consejos con disciplina y gratitud, y le escondía sus disgustos para no hacerla sufrir.

También soñaba con una vida propia. Despertarse cada día enamorada, junto a alguien que la amara con la misma intensidad, era un ideal demasiado lejano por el momento. Sus relaciones, sus primeras y únicas, se habían frustrado por la cercanía de la de su madre. Esta sería siempre su prioridad, a menos que Cari encontrara su propio amor, por sus propios medios. O quizás, por los medios de otros.

– Mami, hace un mes, más o menos, encontré en Facebook un evento que me pareció muy interesante para nosotras. Tú serías la protagonista, en realidad, pero requiere de la participación de las dos juntas. ¿No te suena divertido?

– ¿Un evento? ¿De qué?

– Un concurso de televisión.

– ¿Para asistir como público?

– Más bien… mira, aquí te leo la convocatoria.

Los párpados de Caridad se expandían mientras sus pupilas se dilataban por el pánico. Las cámaras, los sets, la grabación, la transmisión, todo lo que su imaginación asociaba a ese medio, la espantaba, pero el texto que le recitaba su hija la petrificaba. ¿Cómo su Lizzy supondría que a ella podía interesarle competir por un hombre, por muchos millones que tuviera?

Cuando la lectura finalizó, intentó esbozar una sonrisa despreocupada, aunque sabía que el entusiasmo de su niña era sincero.

– ¿Y qué tengo que ver yo con eso? ¿O tú?

– Mami, ¿no te gustaría ir? Creo que te haría mucho bien. Acabo de terminar la escuela, y tú no trabajas. Serían… unas vacaciones pagadas. A lo mejor te gusta el hombre.

– Nunca he necesitado hombres en mi vida.

– ¡Yo sí! Es decir, para ti. Me gustaría que te enamoraras, que recuperaras la ilusión, que fantasearas con alguien, que lo cuidaras…

– Para eso, te tengo aquí.

– Yo estaré a tu lado, mami, pero no siempre. Algún día, también me enamoraré, me iré de casa y no nos veremos tan seguido.

Lizzy se detuvo al percibir cómo su madre se estrujaba los dedos. La ansiedad de un futuro sin su más preciado tesoro la sobrepasaba. Le tomó las manos, las besó y retomó su idea, con mayor suavidad.

– Mami, te entiendo. Es difícil animarse a salir a la calle, si crees que eres feliz en casa. Pero yo sé que no lo eres. Atrapada dentro de un hogar lleno de recuerdos, con la muerte de dos esposos en la memoria, ni tú sonríes ni yo tampoco. Pero esto sería un cambio tan radical a nuestra forma de ser y de vivir, que no puede hacer menos que beneficiarnos.

– ¿Y qué va a ser de nosotras en ese tiempo? ¿De nuestro apartamento?

– La producción alquila habitaciones en un hotel, con los gastos pagados, a las concursantes.

– Es que estoy muy vieja para esos inventos…

– ¿Quién dijo? Te puedo garantizar que eres justo lo que necesita el tal Esteban y todo el programa para triunfar en la teleaudiencia.

– Cariño, no te hagas ilusiones, cumplir los requisitos en papel no significa que nos acepten. Mira, para la televisión buscan muchachas jóvenes, esbeltas y bonitas, como tú, mas en mi caso, no clasifico. Te agradezco la preocupación, pero no me hables más de esas boberías, que me pones nerviosa.

El tono ligeramente imperativo silenció a Lizzy, aunque la derrota sería momentánea. Cambió de táctica y se encerró en su cuarto. Luego de una hora, salió de la habitación con la cara húmeda y los ojos enrojecidos, dirigiéndose al balcón con aire solitario, melancólico.

– Lizzy, ¿qué te pasa?

La adolescente negó con rápidos movimientos de la cabeza y enterró el rostro entre los brazos cruzados.

– Cielo, ¿te molestaste?

– Es que… nada, no es importante.

Lizzy calculaba su poder manipulador sobre Cari y no le gustaba ejercerlo; sin embargo, era una herramienta tan poderosa y tan fácil de usar… Solo se consolaba pensando que era por el bien de su madre.

– Dime, por favor, mírame.

– La verdad, mami, me hacía mucha ilusión lo del programa. Tú solo imagina: varios meses conociendo gente nueva, cortejando a un millonario, rodeadas de luces y lujo, sin más preocupaciones que pasarlo genial.

– Y cuando todo termine, ¿Qué esperas obtener?

– Pues, experiencia, gratos recuerdos, y un padrastro rico que me pagará la universidad.

– Únicamente si lo conquisto.

– Claro que lo vas a conquistar, mamá, de eso me encargo yo, que soy tu asesora personal.

– ¡Tienes tanta confianza!

– Por favor, mami, hazlo por mí, por mi carrera, por mi futuro.

Lizzy sabía que esa carta no le fallaría.

– Está bien. Puedes apuntarme, pero si no me seleccionan, no me hablas más del tema.

– De hecho, mami, tienes cita para el casting dentro de diez días.

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