Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo VIII)


Capítulo VIII

Cambiar el estado civil en su cuenta de Facebook de “soltera” a “sentimentalmente comprometida”, fue la única transformación que tuvo lugar en la vida de Ana tras conocer su aceptación en el concurso. Eso, y volverle a hablar a su hija.

Fanny nunca había sido una gran preocupación para ella. Al abandonar a su marido, se desentendió de la bebé. Cada dos o tres años le enviaba una tarjeta de Navidad, pero la economía, la educación y la salud de la niña quedó en manos del padre.

Por fortuna, esa fuerza incógnita, ese equilibrio natural que preserva el mundo convirtió a aquel hombre en madre amorosa, y a Fanny no le faltó nada. Incluso, la consintió demasiado. La niña creció adorando a su protector y amigo, y repudiando a su progenitora.

Con quince años, aquella hija una mujercita aparentemente independiente. Había conocido las grandes fuerzas pasionales de la vida: se había enamorado, le habían roto el corazón, y ahora tenía la fuerza suficiente para mirar a los hombres por encima del hombro. No los necesitaba; de hecho, desde la muerte de su padre no había necesitado a nadie más.

A los catorce se quedó sola, dueña y señora de su destino y de su apartamento. Terminó la escuela, como había prometido, pero también acabó con el dinero de la herencia. Su solución fue un plan apenas por encima de la prostitución: novios ricos para exprimir y botar, ardides sucios para obtener ganancia fácil.

Anita solo lo supo cuando la llamó para pedirle unas fotografías de niñez que la producción de MILLONARIO… había solicitado. Si una madre decente se hubiera escandalizado, ella sintió orgullo. Le habló con cariño sobre sus posibilidades y expectativas con respecto al concurso, y cómo, entre las dos, lograrían ganar.

Sus palabras eran dulces y conciliadoras. Omitió el pasado, los errores, el olvido y el abandono. Su visión del futuro era luminosa y su entusiasmo era sincero, pero su poder manipulador no alcanzaba para manejar a un carácter más fuerte que el suyo.

La perspectiva del dinero no era suficiente para Fanny, pero sí la de venganza. Volteó el ataque sigiloso y logró que la madre le rogara; lloró fingiendo su dolor, y finalmente lució convencida. Le cedió toda la información posible para que apareciera ante las cámaras como una mamá real, y se despidieron. No hablaron más hasta conocer la respuesta positiva del concurso.

Ana se presentó en el casting con su mejor vestido, sus labios rojos y sus zapatos de tacón cuadrado, pero Fanny, astuta y calculadora, destacaba por encima de cualquiera. Con un aire tímido y algo descuidado, buscó la sensualidad en una blusa de hombros descubiertos, en el cabello desaliñado y con una raya partida a un lado, y un maquillaje natural que resaltaba sus ojos grises.

Se expresó con cuidado ante las cámaras, exponiendo su mejor perfil, y contando la historia de soledad y trabajo que habían acordado. Enseñó a su madre a evitar el coqueteo con cualquiera que no estuviera relacionado con la selección de las concursantes, a aparentar ser una dama casta y noble, e incluso, a engañar a todos con una relación amorosa y tierna entre ambas.

La parte más difícil había pasado. Ahora quedaban tres parejas a vencer. Pero Fanny tenía otro plan.

Alguna vez, su padre le comentó que la causa del abandono de Ana era su deseo de preservar la juventud de su cuerpo y de su espíritu, alejándose de los cansancios de la maternidad. Y en tan solo media hora de conversación por chat, Fanny había comprobado su extrema vanidad y miedo a la vejez.

A Ana le gustaba que la miraran y la admiraran. Se sentía hermosa, aun a sus cuarenta. Se pintaba el pelo todas las semanas, se llenaba de cremas antiarrugas en las noches y evitaba cualquier esfuerzo que afectara su salud o su estética. En cuanto al físico, no dudaba de que don Esteban se enamoraría al verla.

Fanny se propuso destruir ese espejismo. La golpearía bien duro por el lado de su único amor: su amor propio. Le haría ver que ella era mejor; más aceptada y más querida; que aquella niña que abandonó sin piedad era capaz de vencerla en todos los aspectos; especialmente, en el carnal.

Su designio pronto fructificó.

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