Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo IX)


Capítulo IX

El capitán Ruiz de la guardia civil esperó toda su vida por un caso como este. La muerte de un magnate siempre genera expectación, sorpresa y comentarios morbosos, pero un hombre como don Esteban le iba a garantizar su jubilación. La popularidad en ascenso que le proporcionó el concurso MILLONARIO BUSCA HIJA –que para Ruiz era el colmo de la estupidez- bien podía ser la causa de su propia desgracia.

“Y es que si ya eres una persona con suerte –pensaba don Esteban- ¿para qué lo compartes con el mundo? La envidia es más fuerte que el amor, como decía su padre. Quien no tiene nada, o tiene menos que otros, se siente inferior. De ahí a encontrar la forma de destruir al prójimo es solo un peldaño en la escalera del infierno.”

Las principales sospechosas, sin embargo, eran las famosas candidatas del concurso. Cuatro mujeres desconocidas, de un origen supuestamente investigado por los productores, que habían llegado a la finca del difunto a cortejarlo. “¡En mis tiempos, eran los hombres los que enamoraban!”

Aunque también podía haberlo matado cualquiera de su servidumbre. Pero no… todos eran de confianza. ¿Y cuál de sus guardias personales habría permitido que se acercaran a su automóvil? No, no, no…

Las mujeres sí eran capaces de alta traición. Mucho antes de su divorcio, ya había descifrado la mente pérfida de las féminas. Su mujer lo había dejado casi en la ruina, sin hijos en cuyo amor refugiarse y reducido al apartamento de soltera de su madre.

A veces temía que su ansiedad por hallar culpable a cualquier mujer dentro de sus casos era una respuesta vengativa de su subconsciente a las penurias de su vida. Pero esta vez consistía en algo más. Lo sentía en sus entrañas.

De aquellas concursantes, tres tenían coartadas. Esa tarde, Lilianne Cortázar había llevado a Marian a ver al psicólogo; Yanet Pérez y Caridad Gómez estaban de viaje; pero Ana Morales no lograba armar una historia coherente que justificara su tiempo entre las 4:00 pm – hora en que llegó don Esteban con su vehículo, en perfecto estado – y las 8:30 pm, cuando él abandonó la casa para no volver jamás.

De las cuatro, podía estar tranquilo respecto a Yanet y Caridad. Aunque su eliminación del concurso les proporcionaba el motivo para la sangrienta venganza, una sencilla investigación a través de las cámaras de seguridad de las estaciones del metro bastó para justificarlas.

La primera se había embarcado desde el mediodía con la pequeña Melissa en dirección a casa de su tía; la segunda, viajaba con Elizabeth de retorno a su casa en el tren de alta velocidad sobre ese mismo período. Habían llegado a la hora prevista a sus respectivos destinos, tenían testigos que lo afirmaran, y se mostraron sorprendidas ante la noticia del accidente. Las autoridades las tenían confinadas en los domicilios de residencia, y aunque su olfato le aseguraba que las dejara tranquila, no podía liberarlas de la vigilia policial hasta no hallar un culpable.

Lilianne le inspiraba menos confianza. Don Esteban la había invitado a continuar en la segunda etapa del programa, a condición de que sometiera a su hija a tratamiento psicológico. Se lo había dicho como una solicitud, como una sugerencia, pero era una condición irrevocable para su permanencia en el show. Ella no lo había asimilado bien.

Escogió como médico a un ex compañero de clases, lo que despertó las inmediatas sospechas del capitán Ruiz. No pudo probar que entre ella y el reconocido galeno existiera algo más que una amistad profesional, y aun así no se quedó convencido. Mandó a comprobar todos los horarios de las citas previas en el gabinete de la clínica y a verificar los compuestos químicos que le había recetado a Marian.

Su primera teoría se fundamentó en que el doctor Linares podía haber falsificado los registros de la consulta para encubrirla aquella tarde; la segunda, en un posible envenenamiento que haya conducido a la pérdida del control del coche, ya fuera por alucinación, ceguera o inconsciencia de don Esteban, y por tanto al accidente.

Pero no pudo probar ni una ni otra. Ambas habían estado donde decían, durante el tiempo que decían. Solo logró retenerlas, como a las otras, en su hogar. A la segunda semana de investigaciones, el círculo de posibilidades se cerraba, pero aun no lograba armar el “muñeco”.

Sus compañeros parecían estar de acuerdo en que Ana Morales tenía cara de culpable. El hecho de no poder explicar qué fue de su vida aquella tarde; lo nerviosa que estaba, y cómo trataba de evadir a los interrogadores con coquetería o falsos desmayos, según conviniera, constituían claros indicios de que ocultaba más de un secreto.

La prensa exprimía a policía y trabajadores del concurso en busca de detalles escandalosos, así que los productores le acosaban por teléfono día y noche. Para ellos, cada minuto de oscuridad significaba miles en pérdidas de publicidad y prestigio. Aunque el departamento de homicidios no estaba obligado a dar explicaciones a periodistas ni curiosos sobre caso en proceso alguno, había demasiados peces grandes en el lago como para escapar de preguntas indiscretas.

Además, con la donación que había prometido la televisora para “honrar la heroicidad de quienes, sin dudas, darían rápidamente con el culpable”, tendría su retiro asegurado, e incluso, el de su jefe. Definitivamente, a más de uno le urgía cerrar el expediente.

Un anónimo acusatorio fue lo único que necesitó el capitán Ruiz para escribir aquel punto final. Al recibirlo, en su oficina, pensó que se trataba de una broma, pues en sus años de carrera jamás había coincidido con una denuncia tan cobarde. “Tampoco había tenido que investigar un asesinato con cuatro sospechosas”, pensó.

“Ana Morales, sentenciada a veinte años de privación de libertad sin atenuantes”, dictó el señor juez, y Ruiz se relajó en su asiento del juzgado. Ahora, a disfrutar del sol de las Canarias.

 

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