Historias

Serie Curvas Peligrosas (Capítulo X)


Capítulo X

El círculo de venganza estaba completo.

Veinte años de prisión apenas eran suficientes para pagar la maldad de un corazón ponzoñoso. Aunque, en verdad, ¿a quién se le podía ocurrir que a una mente tan estúpida como la de alguien que se hace llamar en sus redes sociales “Sweet Annie”, conciba exitosamente un asesinato así?

Necesitaban un chivo expiatorio; esa era la única explicación para aceptar tal disparate. Que, por cierto, estuvo a punto de arruinarse, cuando a su madre se le ocurrió que iba a confesar toda la verdad.

“Mami”, le había dicho con esa voz suave y tierna que encubría su odio agazapado, “¿cómo crees que reaccionarán? Estoy segura de que ni siquiera leíste el contrato del concurso. ¡Las letras pequeñas, mami! Si traicionas a don Esteban de cualquier manera: con otro hombre o mujer, revelando los secretos de su casa o deshonrando su nombre, serás llevada a juicio y encarcelada según la pena que se te aplique.

“¡Piensas que les puedes decir a todos, al mundo entero, que mientras don Esteban se dirigía a una muerte segura, tú te revolcabas con el chico de los mandados en una de sus habitaciones! Es mejor que guardes ese secreto, mami. De la sentencia que te den, que de por sí no debe ser grande – tendrán en cuenta tu género, tu belleza, tu edad – saldrás pronto por buen comportamiento, y lo otro no manchará tu reputación”.

Ana había obedecido como un corderito. Con los labios sellados y la mirada baja, había caminado desde el estrado hasta la prisión, y Fanny la había visto desaparecer de su vida.

Ahora que su plan había resultado, debía hacer un balance de las consecuencias. Su madre estaba fuera del camino, pero había tenido que eliminar peones durante el juego.

De hecho, se había encariñado un poco con el viejo don Esteban. Desde que las candidatas llegaron a su casa, él intentó concentrarse en conocerlas, pero la coquetería inocente de Fanny lo perturbaba hasta en sueños.

Para ella, colarse en su cama fue más fácil que robar su corazón, pues la conciencia del hombre de honor le impedía mirar de aquella forma a una jovencita. Mas una vez que se dejó llevar, ¡ay!, fue suficiente para que el río desbordado lo arrastrara.

Acostumbrada a tratar con adultos mayores, Fanny sabía exactamente la proporción entre placer y amor que debía ofrecerle. Y, aun así, se le presentó como la más pura de las muchachas. Una flor como esa no encontraba puertas cerradas. Las escapadas en el auto, las cenas románticas en hoteles al otro lado de la ciudad, las visitas a la alcoba principal en la madrugada, se hicieron deliciosas, al menos, a una de las partes.

Él creía enseñarle los placeres profundos de la vida; ella, lo educaba en la modernidad. Le llenaba el celular de aplicaciones para Internet e incluso, introdujo un software en el carro para controlarlo a gran distancia. “De esta forma, siempre sabré dónde estás y qué haces”. Esteban lo atribuyó a un juego de niña celosa.

Fanny siempre salía a correr por la pista alrededor de la finca con el teléfono en la mano, para medir su tiempo. Aquella tarde, pasó varias veces por delante de cada cámara de seguridad que rodeaba el perímetro, y saludó al guardia de la verja de entrada en dos ocasiones, antes de adentrarse en el bosque sur de los terrenos.

Envió una señal desde su móvil, desinstaló un programa y, quince segundos más tarde, el coche de don Esteban se volcaba barranco abajo. Con la cara sudorosa por el esfuerzo físico, regresó a su habitación a tomar un baño. Dos horas más tarde, rompía a llorar por la triste noticia de que había perdido a su futuro padrastro.

La investigación ni siquiera la tocó. Nadie sospechó de ella. Al contrario, la abrumaba la compasión por tener una madre asesina; por quedarse sola y desamparada en el mundo; por quedarse traumatizada ante acontecimientos tan atroces. La televisión quiso convertirla en una estrella del dolor, pero su juicio le aconsejó desviar toda atención de ella.

Durante las semanas de filmación, mientras el romance crecía, don Esteban había inflado con miles su cuenta bancaria. Ella había mostrado interés en aprender a invertir en la bolsa, y como estaba legalmente emancipada, él comenzó un negocio en su nombre. Si sabía mantenerlo, le proveería capital fresco, al tiempo que podía iniciarse en mundos más ambiciosos.

Antes de cumplir dieciséis, Fanny tenía su vida resuelta. “Después dicen que los reality shows no sirven para nada”. Por el resto de su existencia, solo su conciencia se interpondría entre ella y la verdadera felicidad.

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