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Idelfonso Acosta: guitarra viva

Idelfonso Acosta es guitarrista concertista, profesor, orquestador y compositor, uno de los principales intérpretes cubanos de la guitarra contemporánea. La música es su refugio y esperanza. “Si no hubiera sido músico hubiera muerto”.

El regalo de un tres, a los tres años y medio, fue el amanecer de su talento. Como niño curioso, arrancaba ecos de las canciones que escuchaba en la radio. Su madre apreció el talento y a los ocho tenía su primera guitarra. Para su padre, este era un instrumento de alcohólicos, que solo le convertiría en un “tipo de bares y cantinas”.

Fragmentos de la entrevista a Idelfonso Acosta

Su progenitor insistió en el estudio del violín con el maestro Cándido Faílde, sobrino nieto del creador del danzón. Después de cuatro años, el arco y las cuerdas no convencieron al joven de doce años y se inició académicamente en la guitarra con profesores como  Rafael Somavilla, Dagoberto Hernández Piloto y Mercedes Galindo, quien lo iniciaría en la música popular.

Somavilla, por otra parte, también lo adiestró en trompeta. “Desde los 14 años fui trompetista profesional en el Conjunto Sonora Juvenil”. Finalmente tuvo que elegir entre los dos queridos instrumentos porque ambos reclamaban tiempo y entrenamiento.

“En aquella época las profesiones universitarias no contemplaban a la música”, por eso Idelfonso tuvo que desarrollar el arte en paralelo con un oficio.  La contabilidad nunca alcanzó fuerzas para desplazar de su alma las melodías y los acordes.

Esa es la génesis de un músico sencillo que a pesar de su especialización en música clásica, recorre un amplio abanico de géneros: folklórica, popular, campesina, para niños e incidental para radio y televisión. Abarca la cultura internacional aunque defiende la nacional. “Eso me ha distinguido siempre: el contraste de la llamada música culta universal con mi música, con lo popular cubano.”

“Considero que el arte es bueno o malo, no hay un arte culto y un arte inculto; la denominación culto, que se refiere a la formación académica, no significa que la otra música sea inculta: es popular y es culta, y puede alcanzar la gloria imperecedera. En cambio, las obras cultas producidas por el intelecto frío y no por calor del corazón, no trascienden”.

Todas las mañanas, al levantarse, él despierta con caricias a sus guitarras. Fueron construidas por Pablo Quintana, “el mejor constructor cubano de ese instrumento de todas las épocas” y además, “el hermano que no tuve. Durante muchos años trabajamos juntos, yo le proporcioné los estudios acústicos, para hacer una guitarra que pudiera competir con las mejores del mundo, y lo logramos.”

“Absolutamente todos los guitarristas cubanos que hasta 1990 se presentaron a festivales internacionales obtuvieron premios con guitarras hechas en Matanzas”

Asimismo, se siente maestro: “El profesor siempre está presente en mí”. Para él la mejor enseñanza es formar al público “porque va más allá del profesor que enseña al estudiante cómo ejecutar un instrumento: es enseñar a amar el instrumento, a apreciar la música.”

“En 1961 tuvo lugar el mayor evento cultural de Cuba: la Campaña de Alfabetización. Mario Argenter, Director de la Orquesta de Cámara de Matanzas, programó funciones en todos los rincones de la provincia que se declararan libres de analfabetismo. Entonces el Trío Tropical, donde yo era director, se fusiona a la Orquesta. Mi función fue atraer público al concierto, esa fue la mejor enseñanza que he hecho en mi vida.”

Idelfonso Acosta vive la época. Sabe que clásico no equivale a antiguo; por eso, su creación se armó incluso de los instrumentos virtuales, el lenguaje de los unos y los ceros. No obstante, prefiere la música en vivo. “Nada sustituye al corazón del hombre ni a la mano del ejecutante. La máquina es perfecta en cuanto a la afinación, pero lo natural es más bello y apasionado”.

Es un fiel enamorado de su ciudad natal, Matanzas. El parque René Fraga, donde de niño jugaba béisbol, y el estudio de la emisora Radio Menocal, en la calle Milanés, escenario testigo de la adolescencia del Trío Tropical, compiten en las crónicas del recuerdo con el puente sobre el río Canímar, cuya construcción conoció al detalle por las responsabilidades de su padre como Jefe de accidentes de trabajo.

“Mi padre me enseñó todas las grandezas arquitectónicas de la ciudad  y la belleza de la naturaleza, el campo, las playas, me enseñó a amar a Matanzas.”

“El fatalismo geográfico incide siempre en los que la hemos amado y no nos hemos ido de ella. La Habana, como capital, cuenta con personalidades de todo el país que dejaron sus provincias. Es difícil quedarse en la tierra natal, sobre todo para un músico o un bailarín, que no pueden enviar  sus obras como un artista de la plástica o un poeta.”

Es un defensor del danzón y admira a “los viejitos bailadores incansables que lo mantienen activo”. Junto a José Loyola creó el evento Cuba Danzón en 1989, pero lamenta que se convierta en una simple actividad. Matanzas ha perdido protagonismo a pesar de ser la cuna del danzón y de Miguel Faílde, su creador. “Sufro por la patria pequeña.”

Como compositor “me inspiran las cosas bellas y tristes. Incluso las obras por encargos reclaman motivación, sentimiento.”

Su confianza la gana quien muestre “verdadero interés en lo que hace, modestia, abnegación, cualquiera que haya emprendido un camino en línea recta. Desprecio la mentira y la deshonestidad.”

Si le preguntaran a Idelfonso por las decepciones, contestaría que estas desaparecen ante la grandeza de lo bueno, pero reconoce que le desalienta alguien que “odie la música, no la aprecie o no reconozca el esfuerzo, el trabajo y lo que cuesta vivir, no de la música, sino para la música”.

“Mi reto es ganar un peldaño en la cultura nacional, aunque no creo que lo he ganado, y soy muy inconforme con mi creación y mi desempeño. Sigo trabajando para que la música no se quede en la gaveta”.

“Un deseo que debe tener todo artista es tratar de dar de sí lo máximo y que esa entrega se reciba con beneplácito, felicidad y reconocimiento. Me hace feliz esa población que me saluda, un aplauso en el teatro, esa felicidad no tiene precio”.

Otro Failde en nuestra historia musical

Todo matancero  sabe que Miguel Failde Pérez fue un compositor excepcional, inmortalizado por un ritmo que quedaría para la eternidad. A los 12 años ya dominaba el cornetín, y a los 18 organizó su propia banda, que dominó los escenarios durante medio siglo.

Sin embargo, muchos desconocen que la historia de virtuosismo en su familia no termina ahí. Su tataranieto,Ethiel Fernández Failde, lleva en la sangre la pasión por la música.  Ethiel Fernández Failde, lleva en la sangre la pasión por la música, y 13 décadas después de Las Alturas de Simpson se propuso rescatar la tradición en la Cuna del Danzón. A la misma edad que su predecesor creó una agrupación que trae a la actualidad el formato y el estilo de nuestro baile nacional, interpretado y disfrutado por jóvenes de hoy.

“Comencé mi preparación en la Escuela Vocacional de Arte Alfonso Pérez Isaac en flauta, y al concluir noveno grado me trasladé al Conservatorio de Música, perteneciente a la Escuela Profesional de Artes. En estos momentos curso el cuarto año de esa especialidad”.

A raíz del Festival CubaDanzón Internacional 2009 este muchacho, junto a otros estudiantes del centro, fundó la Orquesta Típica Miguel Failde, que tuvo sus primeros acordes en el 2008 bajo la batuta del maestro Rodolfo Orta. Su debut oficial ocurrió el pasado 26 de noviembre.

Una de las primeras estrellas en su desempeño fue el proyecto Entre dos luces, desarrollado los días 23 y 26 de diciembre en ocasión de los aniversarios del natalicio y la muerte, respectivamente, del autor de El Malakoff. El gran éxito obtenido le mereció al conjunto la oportunidad de realizar una peña habitual en la Plaza Vigía los últimos martes de cada mes.

Ethiel, joven talentoso, entusiasta y disciplinado, desempeña la triple función de flautista, director de orquesta y general. Además, mientras se acerca la fecha de su graduación, debe fortalecer simultáneamente su formación académica, su habilidad con el instrumento y su labor en el grupo.

Él asegura que: “Es difícil mantener todo al mismo tiempo, pero me siento motivado por la música. Mi deseo es recuperar el danzón y a la vez acercarlo a las nuevas generaciones.

“Estas no se identifican con el género, como consecuencia directa de falsas concepciones que lo han encasillado; por ejemplo, la vestimenta de los bailadores conserva el patrón clásico y no admite muchas modificaciones. Es necesario cambiar esa rígida imagen antigua y traerlo al presente, en concordancia con el ritmo de vida, darle paso a la juventud.”

La  agrupación, integrada por adolescentes de 15 a 19 años, constituye “una familia de amigos que comparten las alegrías y las preocupaciones, los deberes y las fiestas”. La inexperiencia de sus miembros no impide un alto sentido de responsabilidad y compromiso con el trabajo. Según estos, su director es excelente: perfeccionista, exigente y a la vez comprensivo.

Este joven tiene muchos sueños y planes futuros. “Aspiro a formalizar la agrupación para que esta sea reconocida: establecer una página web, grabar un disco y efectuar giras nacionales. Asimismo, quiero reconstruir una presentación de la época original del danzón. El proyecto más inmediato es animar con nuestras actuaciones la urbe yumurina”.

“Para materializar estos propósitos cuento con el apoyo de los familiares y colaboradores del conjunto, el de los amantes de la conservación del patrimonio que han donado partituras a nuestro repertorio y el de las instituciones de Cultura Provincial y Municipal”.

En lo personal, “anhelo tocar también mambo, cha cha chá, sonete, son, rumba, en fin, incursionar en otras sonoridades pero sin apartarme de la cubanía”.

Para Ethiel uno de los mayores desafíos es y será satisfacer las expectativas que pesan sobre él. “Es todo un reto ser descendiente de Miguel Failde. No puedo defraudar ese apellido.”

Un ángel cumple cien años

Año doce, llegué yo

desde el día en que nací

por eso me encuentro aquí

dándole gracias a Dios.

Pero viví muchas cosas

más alegre y divertido,

y aunque bastante he sufrido

todavía me mantengo,

a pesar de que yo tengo

ya los cien años cumplidos.

 

Así me recibió un ángel que siempre, ante el paso apurado de sus vecinos del reparto Iglesias, regala un “buenos días” imposible de no contestar con el mismo cariño. Con tanta jovialidad y cortesía, parecería que miento al escribir que el 2 de octubre cumplió exactamente cien años.

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Ángel Custodio Díaz Álvarez es poeta por naturaleza. El Roque, en Sabanilla, tuvo el privilegio de escuchar sus primeras composiciones. Desde entonces el punto cubano lo acompaña y no cesa de improvisar décimas con el mismo entusiasmo de la juventud.

“Yo soy guajiro”, me dice convencido. Y le creo, pues le brillan los ojos cuando rememora la cría de gallos finos, puercos y carneros. El amor a sus raíces no permite que pierda la humildad propia del campesino.

No sabe de ninguna fórmula secreta para llegar a los cien años, solo vivir y trabajar. Quizás la vitalidad proviene de sus días en la agricultura como machetero y carretero, de su participación en las milicias campesinas, o tal vez de la labor en la construcción.

Este viejecito de ojos azules, que en sus tiempos mozos debió ser todo un galán, me confiesa que “me casé dos veces y no le debo nada a nadie”. Con su primera novia tuvo tres hijos: la única niña no vive ya.

A pesar de que la audición le falla, la memoria no lo traiciona, y recuerda con orgullo cuando estrechó la mano de Fidel allá en Ácana, cerca del poblado de Cidra, cuando aquel vino a la provincia a celebrar un juicio: “¡Cómo no acordarme,  tan joven y ya era abogado!”

Angelito está feliz de haber llegado a los cien años rodeado de su familia. Le pide a Dios salud para seguir adelante, pues sabe que ánimo no le faltará. Y para despedirse, me regala una sonrisa inolvidable, de esas que brindan al obsequiado serenidad, esperanza y amistad.

 

 

 

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